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01 de marzo, 2021

"Trabajá sin descanso por las vocaciones"

Los que conocieron a Don Bosco: José Vespignani

“Trata de fomentar en ellos la piedad, humildad y sencillez, y un gran deseo de cumplir bien sus deberes, con dedicación, amor a Jesús y a María y al beato Don Bosco, para poderle ayudar a salvar las almas de tanta juventud en los oratorios, en los colegios y hasta en la calle, como lo hizo él…”
(Carta del padre José Vespignani al padre José Bomone. Bernal, 2 de mayo de 1931)

Entré en el oratorio a fines de 1876, recién ordenado sacerdote, y viví un año muy intenso en la escuela de Don Bosco. Eso le bastó para hacerme un encargo que llevé como mi honor y mi cruz toda la vida: “Trabajá sin descanso por las vocaciones”. Esa es la grandeza de los maestros, darnos una misión y lanzarnos al mundo. Un año después viajé para la Argentina.
Me había contagiado un celo profundo por el cuidado de las vocaciones. Buscaba vocaciones por calles y callejones, y les proponía mi tesoro: cultivar la piedad, la observancia de las reglas y reglamentos, el sistema preventivo y la vida de familia. En cada uno veía un apóstol del catecismo. Les exigía el latín y que estuvieran bien preparados, y luego le pedía al Señor que no les viniera la nostalgia de la patria.
El padre Don Bosco iba directo al grano, no miraba las cosas superficiales. Así que en noviembre de 1922 le escribí una carta al padre Roberto Tavella, de Bernal, en la que le decía: “Las condiciones indispensables de las vocaciones salesianas que deben comenzar a cultivarse desde el aspirantado (son): amor y práctica de la santa pureza, generosidad en las aspiraciones, deseos y propósitos hasta el sacrificio, espíritu y virtudes sobrenaturales, piedad y oración fecundadas por el amor a la palabra de Dios meditada, predicada, practicada. Traten de estudiarlas y llevarlas a la práctica: formen este santo propósito de trabajar y sacrificarse para que no se pierda jamás ninguna de las santas vocaciones de Bernal”. Eso era lo que había aprendido de él: “trabajo, trabajo y trabajo”.
Los buenos hábitos se adquieren con esfuerzo. Combatamos la liviandad, busquemos el silencio, la amabilidad con todos los humildes, pobres y desafortunados.
Cuando llegué al oratorio me trataron con tanta amabilidad y afecto que eso fue lo que me hizo decidir quedarme en esta familia. También aprendí de Don Bosco la importancia de la dirección espiritual. Usualmente les decía a mis jóvenes: “El espíritu salesiano está en la caridad pura y paciente, el deseo y aspiración de estar con los pobres y humildes, los rebeldes, para convertirlos a fuerza de dulzura y mansedumbre”.
Y a mis queridos hermanos coadjutores les digo: “En la Congregación Salesiana el coadjutor es un elemento de perfección y de acción que tiene su misión completa, como la de los discípulos del Evangelio en relación con los apóstoles. Pero esta vocación no es suficientemente explicada y difundida. Surge la necesidad de propiciarla en los oratorios, colegios, parroquias. Esmero en la piedad: allí está todo y luego la obediencia, que es la madre de todas las virtudes”. 

Por Pamela Alarcón
Archivo Histórico Salesiano ARS
(Publicado en el Boletín Salesiano de Argentina, agosto de 2013)