La Palabra me dice
Mateo nos describe este momento en el que Jesús debe dar una enseñanza que es fundante. Quiere derribar la estructura de la mente humana, en donde todo tiene un orden y todo está más arriba o más debajo de algo. Los discípulos preguntan quién es el más grande. Ellos son los seguidores del Señor. Sus amigos. Pero aún no entienden las enseñanzas. Es un niño el que sirve de comparación. Es una persona con un espíritu simple, sencillo, pobre. Los niños son niños. Y los pequeños la gente sencilla. Así debemos ser y presentarnos a Dios. En el Reino, los primeros son los que no son. No son importantes, no son poderosos, no son determinantes en la sociedad, no son orgullosos, no son de una cultura y situación de importancia. Cuidado con quienes se aprovechen de su poder, de su fuerza, o de su dinero para presionarlos, condicionarlos o hacerlos caer en peores situaciones. Los ángeles son sus protectores. Jesús hace tomar conciencia del pecado social. Debemos volver a ser más inocentes, descontaminarnos de ambiciones, porque es voluntad del Padre celestial que no se pierda uno solo de estos pequeños. A Dios, poco le importa el rango o el puesto que ocupemos en la comunidad, el más humilde, será grande ante El. Si el Señor tiene tanto interés es nuestra salvación personal, también nosotros debemos poner el mismo interés en nuestra propia salvación alejándonos de todo lo que no nos lleve por un camino de humildad y pequeñez.
Con corazón salesiano
El corazón y el espíritu de Juan Bosco, preparado desde muy pequeño por María Auxiliadora, tuvo en claro quiénes eran los más grandes en el Reino de los Cielos. Lo supo y dedicó su vida a ellos. A los niños y pequeños de corazón, de espíritu, de bolsillos, de afectos, de padres, de recursos. Él pudo entender que en la comunidad de Cristo la grandeza se juzgaba por criterios opuestos a los de la sociedad. Comprendió que el que sirve, y no el que manda, se hace grande a los ojos de Dios. Y que son los más pequeños, los despreciados, los olvidados, los que permiten, en ellos y por ellos, hacerse uno mismo de ellos. Insignificantes en la sociedad. Los más grandes del Reino de los Cielos.
A la Palabra, le digo
Jesús, en tus manos pongo mi vida, mi ser, todo lo que soy... para que la hagas nueva, para que me des un nuevo sentir y mirar de niño... para que mi alma se sorprenda desde su pequeñez ante tu grandeza. Dame el poder vivir con tus criterios en este mundo, para que no me olvide del Reino. Dame tu luz para poder descubrir quiénes son los pequeños que necesitan de tu presencia. Te pido me perdones si alguna vez desprecié a uno ellos. Es que no pude verte Señor. Dame la alegría de poder encontrarme en mi identidad de niño con la que vos me pensaste. Dame la misma alegría que vos tenés cuando encontrás a tu oveja perdida.
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