La Palabra me dice
Tres bloques se pueden identificar en este evangelio. El primero es la confianza de los hombres que llevaron al paralítico. Es la fe de ellos la que brilla en esta parte del relato, de ahí se evidencia que el primer gesto del Señor es notar la confianza de estos hombres, luego acontece el milagro. Esto ha de hacer resonancia en nuestro corazón junto con la frase aquella que dice un buen amigo te habla de Dios, pero un verdadero amigo te lleva a Él. Ahora, bien cabe la pregunta ¿en qué grado está la amistad que brindo a los demás, teniendo como parámetro el que ellos se acerquen a Dios “por nosotros”? El segundo bloque está en el milagro de la curación que nace en el interior (el perdón de los pecados) y que se expresa en lo exterior (la curación física). Jesucristo es, como lo menciona el Catecismo de la Iglesia Católica, el médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Nótese bien el orden de la expresión, ya que deja claro que, en primer lugar, está el alma. El último bloque habla de la autoridad de Jesús. Ciertamente ya estaba por sentado el perdón de los pecados del paralítico, sin embargo, el Señor, por medio de esta curación manifiesta su poder y con esto hace que la multitud, además de quedar atemorizada, glorifique a Dios. En síntesis, este relato es un itinerario de fe comunitaria que nos invita a velar los unos por los otros para que todos demos testimonio de la misericordia del Señor.
Con corazón salesiano
Da mihi animas, esta es la ruta de navegación que nos deja Don Bosco para realizar la obra que el Señor le encomendó, aquí está la centralidad de su obra y de ello escribiría Miguel Rúa acertadamente “lo único que realmente le interesó fueron las almas”; hoy, esta ha de ser nuestra prioridad: llevar a los jóvenes a Jesús y Él salvará sus almas.
A la Palabra, le digo
Despierta en nosotros, Señor, el ardor en nuestro corazón que nos impulse a llevar a los jóvenes a Ti. Que cada actividad pastoral suscite en ellos el deseo de estar a tu lado, y celebren el gozo de sentirse perdonados y amados. Amén.
|