Evangelio del Dia

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Sábado 12 de Septiembre de 2026

Lc. 6, 43-49

«No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca. ¿Por qué ustedes me llaman: "Señor, Señor”, ¿y no hacen lo que les digo?

Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.

En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande».

La Palabra me dice


“Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Nuestro corazón es centro y síntesis vital de los deseos, sentimientos, pensamientos y opciones. Y la boca su correlato y comunicación. Es la intimidad más sagrada donde se encienden los anhelos y proyectos; es el registro interior de nuestro ser y actuar que necesita siempre purificarse. 

El corazón es el órgano que podemos percibir en su latir…

(la vida) “me dio el corazón que agita su marco, 

cuando veo fruto del cerebro humano; 

cuando veo al bueno, tan lejos del malo; 

cuando miro el fondo de tus ojos claros” (Violeta Parra)

“Cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca”: profundamente, como el corazón en nosotros, como las raíces del árbol bueno. 


Con corazón salesiano


Llamados a transmitir una sabiduría profunda y concreta a la vez. Con una visión realista, optimista y unitaria sobre el ser humano, que invita a buscar y a encontrar una armonía entre nuestro corazón, nuestra boca y nuestras manos (los “frutos”). Porque si el corazón y la boca no van de acuerdo, caemos en la falsedad y la mentira; y si la mano y la boca no van de acuerdo, nos movemos en plena hipocresía y actuamos con doblez. Finalmente, si nuestra acción no realiza lo que proyecta nuestro corazón, vivimos en la debilidad y la impotencia.


A la Palabra, le digo


Señor, que esté dispuesto a purificar permanentemente mi corazón para predisponerlo en una intencionalidad noble que produzca buenos frutos. Que sea capaz de encontrar los momentos y modos necesarios para perseverar en la escucha fecunda de tu Palabra.