Evangelio del Dia

Buscar por fechas

Lunes 13 de Julio de 2026

Mt. 10, 34—11, 1

«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.»

La Palabra me dice


Fuerte suenan las palabras de Jesús, frente al riesgo de convertir el mensaje del Evangelio, en un tranquilizador de conciencia. Es Jesús esa palabra, que cuestiona y moviliza. Optar por el proyecto de Jesús, es entrar en un camino que desinstala, de falsas seguridades. Encontrarse con Jesús y su palabra no nos puede dejar indiferentes, y seguir en nuestra comodidad de creyentes. El Papa Francisco, le gustaba decir: “No estamos para balconear la vida”. Es como decir verla pasar, sin involucrarnos, poniendo el hombro para que el Evangelio, transforme todos nuestros vínculos, aún los más cercanos. 

¿Es mi experiencia de encuentro con Jesús y su proyecto, el criterio que ilumina mis opciones? ¿Sé asumir con serenidad las incomprensiones que me acarrear dar prioridad a los criterios del Evangelio? 


Con corazón salesiano


En el camino de la evangelización de la Patagonia, son numerosos los testimonios de los misioneros que sufrieron por ser fieles al Evangelio. Su entrega y desprendimiento, fue un claro testimonio de la centralidad de Jesús en sus proyectos. El alzar la voz en favor de los más débiles, a cobijar en los hospitales de la misión a los abandonados a su suerte, el abrir talleres para educar, no fue sin renuncias y sacrificios. Lejos de quedar indiferentes, se arremangaron para desde el Evangelio defender la dignidad de la persona. 


A la Palabra, le digo


Jesús, maestro bueno, ten piedad de mis cobardías, de mis miedos, que me encierran y auto justifican frente a la necesidad de ser sal y luz, en nuestra realidad. Perdón, Jesús, por entibiar la radicalidad creyente con nuestra comodidad.