Evangelio del Dia

Buscar por fechas

Jueves 21 de Mayo de 2026

Jn. 17, 1b.20-26

«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.

Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que los has amado a ellos como me amaste a mí.

Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos».

La Palabra me dice


Es tanto el amor que Jesús siente y decide tener hacia sus discípulos que desea intensamente que puedan ver, vivir y sentir lo que él vive, siente y es con la Trinidad. Como nos pasa a nosotros, las personas cuando vivimos algo magnífico (kairós), queremos que todos los que amamos puedan vivir/sentir/ser ese momento único, maravilloso, espectacular. 

Que todos sean uno, poder experimentar esa  gracia de la Unidad. Es el deseo de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es una oración que debemos hacer cada vez más nuestra y que nos recuerda con la pasión que vivió Chiara Lubich, esta gran fundadora del Movimiento de Los Focolares en la Iglesia y que trajo una luz nueva con la cual vivir intensamente esta oración de Jesús y que ha propiciado  comunión entre nosotros, habiendo por tantas rupturas y divisiones.


Con corazón salesiano


Cf. Carta de 1884, de Don Bosco a sus Salesianos

Roma, 10 mayo 1884 

Mis queridísimos hijos en Jesucristo: 

Cerca o lejos siempre pienso en ustedes. Uno solo es mi deseo: el de verlos felices en el tiempo y en la eternidad. Este pensamiento, este deseo me animaron a escribirles esta carta. Siento, queridos míos, el peso de la lejanía de ustedes y no verlos y no oírlos me ocasionan una pena que no pueden imaginar. Por eso habría deseado escribirles esta carta hace una semana, pero las continuas ocupaciones me lo impidieron. Sin embargo, aunque faltan pocos días para mi vuelta, quiero anticipar mi ida entre ustedes, al menos por carta, al no poder hacerlo en persona. Son las palabras de quien los ama tiernamente en Jesucristo y tiene el deber de hablarles con la libertad de un padre. Y ustedes me los permitirán, ¿no es verdad? Y me prestarán atención y pondrán en práctica lo que voy a decirles…


A la Palabra, le digo


"Señor, que tu oración al Padre sea nuestra realidad. Haznos uno en ti, para que el mundo crea. Que no vivamos para nosotros mismos, sino para ti, amando concretamente a cada prójimo, siendo los primeros en amar. En el dolor o en la alegría, que nuestra unidad sea nuestra fuerza, porque donde dos o tres están unidos en tu nombre, tú estás, Señor, en medio de ellos". (Cf. Chiara Lubich)