La Palabra me dice
“Yo soy la Puerta...”. Descubro en el texto el peso del “Yo soy” de Jesús y eso me hace recordar la manifestación a Moisés en la zarza. Releo el pasaje (Ex 3, 1-12) y me detengo a considerar lo que el Señor me sugiere en este paralelo. Jesús es la puerta por la que estoy invitado a entrar y salir. Me gusta que el Señor me recuerde que soy oveja antes que pastor, discípulo antes que maestro, cuidado por Él para que luego pueda cuidar de mis hermanos y los jóvenes. “…entra por la puerta”. Las repetidas veces que en el texto se alude a esto me hace pensar si tengo presente que mi acción pastoral es un acompañar para que otros puedan pasar por la puerta, que es Jesús, el Señor. Pienso en cuántas veces me he sentido mal porque los pibes no pasaron por mí, no fui yo su puerta… Un pasito más, ¿habré cortado el paso a alguno para que entren por la puerta con mis faltas de atención, torpezas en el trato o cargas moralizantes? “Tengan vida y la tengan en abundancia”. La vida dada por el buen pastor no es derrochada, es entrega multiplicada, solícita, hasta el desgaste… ¡pero para que haya más vida! Es la dinámica del grano de trigo. Puedo rezar desde los cansancios que tengo hoy o desde las incomprensiones o desde el no ver ya los frutos… Y los uno al misterioso lagar de Aquel que incrementa y vivifica sin medida.
Con corazón salesiano
Don Bosco y una pedagogía del nombre: “¿cómo te llamás?”. Don Bosco, pastor preocupado por la vida entera de sus muchachos: comida, techo, lugar en el mundo, fe…
A la Palabra, le digo
Ante Vos, Pastor-Puerta-Nombre-Vida, coloco hoy mi pequeñez. Ayudame a sentirme oveja para comprender al rebaño que me confiás. Por tu puerta quiero pasar mis cualidades y flaquezas, mis temores y seguridades, mis entregas y mezquindades. Mostráme qué vida abundante querés que haga crecer hoy.
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