La Palabra me dice
Este evangelio nos desvela el secreto de la felicidad: Estar con Jesús. Esto es reforzado con la expresión Quien a Dios tiene, nada le falta. ¡Cuán cierto es esto! Y aun así nos cuesta entenderlo y vamos muchas veces por la vida cabizbajos dándole más importancia al problema (el ayuno) que a la solución (el esposo). Los cristianos estamos llamados a mostrar una actitud diferente ante las adversidades de la vida y aunque no podemos evadirlas, debemos ver en ellas el fuego que purifica, como el oro, nuestra fe. Este es el cambio que menciona el Evangelio en los vestidos y los odres, pues no podemos (debemos) ir arrastrando lo viejo, cuando sabemos que en Dios encontramos la constante novedad y con ello la emoción de quien se siente amado y sorprendido por Aquel que desde siempre nos ha amado. Así pues, hemos de recordar que el Señor hace nuevas todas las cosas, pero para ello debemos gozar de su presencia, pues nada podemos alcanzar alejados de Él. Ya Él está en y con nosotros y nadie nos lo puede arrebatar a menos de que lo permitamos, y he ahí que este es el momento en que nuestra tristeza comienza. No busquemos para nuestro pesar remiendos u odres viejos ¡No! Con el Señor lo tenemos todo y nada nos puede faltar.
Con corazón salesiano
La alegría está impresa en el ADN salesiano ¿Quién lo duda? Sin embargo, esta alegría, no es como la paz que da el mundo, es decir, recordemos que del Señor recibimos su Espíritu, su paz y éstas deben ser elementos diferenciados de lo que propone la sociedad, la cual constantemente nos bombardea con propuestas superficiales, que, si no estamos atentos, pueden permear nuestra labor pastoral disolviendo el misterio de Cristo, en lo que consideramos netamente salesiano. Los jóvenes, no lo olvidemos, también nos piden interioridad, piedad… oración.
A la Palabra, le digo
Permítenos, Señor, no olvidar que, aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Amén.
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