La Palabra me dice
Jesús está enseñando en la sinagoga y allí se encuentra con una mujer que lleva dieciocho años enferma, encorvada y sin poder enderezarse. Pero Él la ve, no pasa de largo ni permanece indiferente ante su dolor. La llama, se acerca, la reconoce, le habla y le devuelve toda su dignidad. Y aquella mujer, que había vivido agachada durante tanto tiempo, inmediatamente se endereza y comienza a glorificar a Dios. Sin embargo, mientras ella celebra, otros se indignan. El Maestro les demuestra entonces que la vida y la dignidad de una persona están siempre por encima de las normas que se vuelven más importantes que el amor. Y al final, mientras algunos se confunden, la multitud se alegra por las maravillas que Él realiza.
Con corazón salesiano
Jesús mira a aquella mujer y no permanece indiferente; de la misma manera, Don Bosco tenía esa mirada capaz de descubrir detrás de cada rostro una historia que necesitaba ser acompañada, sin quedarse solamente con las apariencias, sino buscando siempre llegar al corazón. Hoy, en medio de nuestras comunidades, nuestras familias y nuestros patios, también hay personas que necesitan una mirada así. Alguien que no juzgue, que no pase de largo, que se acerque y les haga sentir que su vida importa. Por eso, el corazón salesiano nos invita a estar cerca, a acompañar con paciencia, a cuidar especialmente a quien está más frágil y a devolver alegría allí donde se fue apagando la esperanza. Porque evangelizar también es ayudar a levantarse, recuperar la dignidad y volver a mirar hacia arriba. Que, como Don Bosco, aprendamos a mirar con los ojos de Jesús: ojos que ven, corazón que se conmueve y manos que se acercan.
A la Palabra, le digo
Jesús, vos que conocés el peso que llevo en silencio desde hace muchos años y que ya casi aprendí a esconder. Sabes dónde estoy encorvado, qué me duele y lo que todavía no pude soltar. Hoy necesito que me mires, me llames, me toques y me levantes. Y cuando vuelva a ponerme de pie, no permitas que me olvide de quienes siguen caídos. Dame tus ojos para mirar, tus manos para acercarme y tu corazón para amar, porque me toca a mí jugarme por el hermano, aprender a servir y hacer real tu amor en medio del dolor del mundo. Amén.
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