La Palabra me dice
"El niño iba creciendo y se fortalecía". Miro a nuestros chicos y chicas, me asombro y me alegro de su crecimiento, los contemplo en Dios, me sitúo ante ellos interiormente con renovado respeto. "...para presentarlo al Señor". Considero cuántos chicos no son presentados a Dios y agradecidos, sino desechados, abandonados y vulnerados; reafirmo mi apuesta vital de cuidado y defensa de sus derechos. "Un hombre llamado Simeón... una profetisa llamada Ana". Identifico personas que profetizaron en nuestra vida y nos develaron la misión personal... Quizá hoy día, hermanos ancianos a veces sabios y profetas... "...para alumbrar a las naciones". La voluntad de Dios es incluir a todos y por eso repaso mis prácticas incluyentes/excluyentes... Detecto estilos de convocatoria más o menos abiertos... Visualizo mundos juveniles que actualmente quedan afuera de nuestra amistad y propuestas... Dejo que me resuenen palabras sugestivas: La Espada... la Luz que ilumina... El Signo de contradicción... El desnudarse los Pensamientos íntimos de muchos...
Con corazón salesiano
Don Bosco, a manera de un Simeón más cercano en el tiempo, también sabe reconocer en cada criatura (niño, adolescente, joven) una promesa. Él recibe a cada chico que se acerca a su “templo de Jerusalén" (o patio de Valdocco) sabiendo que Dios le tiene reservada a cada persona no solo la identidad de hijo suyo sino también una misión, un sueño que cumplir. Por eso para Don Bosco, cada chico que se le presenta, es sagrado.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, no pertenezco al grupo de Siméon, que es de lo que te esperaban. No pertenezco tampoco al grupo de Mateo, Juan o Bartolomé, que estuvieron junto a Vos. Pero pertenezco al inmenso, enorme grupo, de quienes recibimos la buena noticia y fuimos alcanzados por tu gracia, en los tiempos que siguieron a tu pascua. Te agradezco de corazón el haber recibido la fe y poder ser discípulo tuyo, el último de todos pero confiado siempre en tu Amor. Amén.
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