La Palabra me dice
Es triste cuando los que tenemos cerca no nos comprenden. Jesús había pasado la mayor parte de su vida en Nazaret, y al parecer, tanto Él como su familia eran apreciados en el pueblo. Como buen judío, iba todos los sábados a la sinagoga. Y cuando comenzó su ministerio público, tampoco se olvidó de Nazaret, donde residía su familia. En este caso, lo encontramos nuevamente en la sinagoga, haciendo la lectura prescrita, tomada del profeta Isaías. Al concluir la lectura, anunció su cumplimiento. La gente quedó admirada de sus palabras, pero en el fondo no lo entendieron y algunos pensaron: ¿Quién cree ser este? ¿No es acaso uno que se crió con nosotros cuyo padre y madre conocemos? Ellos parecen que querían ver prodigios como los que habían escuchado que Jesús había hecho en Cafarnaúm. Estaban convencidos que esos prodigios eran más poderosos que su misma palabra. Jesús aprovecha la ocasión para remontarse a la historia de Israel, en la que muchas veces los profetas fueron malentendidos y maltratados. Trae al respecto varios ejemplos, en los que queda claro que los extranjeros, no pertenecientes al Pueblo de Dios, tenían más fe que los judíos. Esta palabra resultó insultante e insoportable para sus oyentes, hasta tal punto que, enfurecidos, quisieron atentar contra su vida. Jesús no tuvo pelos en la lengua cuando se trató de anunciar el Reino y desenmascarar a quienes se oponían a Él. En este caso, es la gente de su misma aldea que, por otra parte, lo admiraba por sus palabras de gracia. Seguirá su camino anunciando proféticamente la Buena Noticia, aunque no sea entendido tampoco por los dirigentes del pueblo. Él está abriendo una página nueva en el libro cerrado del Antiguo Testamento. Ante esa página, muchos sienten temor, desorientación, rechazo y sin embargo es un anuncio de liberación para los cautivos, de vista o de visión para los ciegos, de libertad para los oprimidos. Se trata verdaderamente de un año de gracia que, sin embargo, ellos no entenderán. También nosotros, que muchas veces nos creemos a salvo por conocer el catecismo, la Biblia o las normas de la Iglesia, podemos estar lejos del verdadero anuncio de Jesús. Podemos no creer, como pasó con los habitantes de Nazaret. Pero Jesús seguirá su camino, concluye el evangelio de hoy. Él tiene claro que su meta no es lograr la aprobación y la adulación sino hacer resonar esa palabra que anuncia y denuncia, con todo lo que eso implica. ¿Seremos capaces como Iglesia de seguir ejerciendo hoy la misión profética de Jesús? ¿Creemos verdaderamente que su palabra se ha cumplido y se cumplirá? ¿Que hoy también, por la fuerza de la palabra de Jesús, los ciegos podrán ver, los pobres escuchar la buena noticia y los oprimidos ser liberados? Evidentemente, como todavía no estamos en el cielo, este es un gran desafío para toda la Iglesia y para cada creyente. Por eso, cada uno también debería preguntarse: ¿a cuántos he ayudado a ver, es decir, a creer? ¿De qué manera he luchado y actuado para que se rompan las cadenas que hoy esclavizan a muchos hombres en las adicciones y el consumo? En fin, la palabra de Dios es Buena Noticia para nosotros: en primer lugar Jesús quiere actuar antes que nada en nosotros mismos, acrecentar nuestra fe, liberarnos de nuestros miedos, rencores y ansiedades, traernos su gracia salvadora. Para que nosotros, tras sus pasos, podamos seguir su camino.
Con corazón salesiano
Don Bosco vivió intensamente esta palabra del Evangelio, dirigiéndose sobre todo a los chicos desamparados y desplazados de su época. Él verdaderamente anunció la Buena Noticia a los pobres, los ayudó a ver los horizontes maravillosos del Evangelio, los liberó de la ignorancia, de la miseria y del pecado, que es la raíz de todos los males. Muchas veces fue incomprendido, incluso por el clero y los obispos, pero no cedió en su proyecto, porque esto venía de Dios. Por eso, los que estaban más lejos, los que parecían más ignorantes y ajenos a la fe, ellos sí lo comprendieron y aceptaron su propuesta.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, te damos gracias por tu Buena Noticia, que nos anuncia el Reino y nos libera de tantos falsos reyezuelos que se nos quieren imponer. Te damos gracias también porque quieres liberarnos de todo aquello que nos impide seguirte con alegría y determinación. Finalmente, te damos gracias porque hay muchos hermanos que, con su testimonio de entrega y generosidad, también hoy nos muestran el camino del Reino.
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