Evangelio del Dia

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Martes 27 de Enero de 2026

Mc. 3, 31-35

Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».

Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».

Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

La Palabra me dice


Los familiares de Jesús habían manifestado ya sobre él su parecer y su propósito, pero aún no habían recibido de sus labios ninguna respuesta. La reciben ahora ante la visita, quizás con propósito distinto, de su madre y sus más allegados. Las palabras de Jesús no revelan frialdad de sentimientos o desprecio de los vínculos familiares, tan estrechos en Palestina. Revelan más bien las exigencias que lleva consigo la llamada divina, a través de la cual se va constituyendo la nueva y verdadera familia de Jesús. Se trata, en consecuencia, de una exhortación a los allí sentados y, a través de ellos, a la comunidad cristiana de todos los tiempos. La escucha atenta de su palabra y el cumplimiento de la voluntad de Dios serán los rasgos que caractericen siempre al auténtico cristiano. Es un nuevo paso para todo creyente, ante la inminencia de la llegada del Reino de Dios. La atención a la palabra de Jesús y la aceptación serena y firme de cumplir la voluntad del Padre nos hace familia porque nos asemejamos a Jesús que es la Palabra de Dios y el Cordero fiel que cumple su voluntad. Somos la nueva familia de Jesús, donde él es la cabeza, y nosotros sus miembros, los que vivimos junto a él.


Con corazón salesiano


Dice Don Pascual Chávez, en su comentario a la carta “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?” (Mc 8,28) - contemplar a Cristo con la mirada de Don Bosco”, del año 2003:

“En el origen de un carisma que Dios da a su Iglesia y, a través de ella, al mundo entero, se encuentra siempre un fundador o una comunidad fundadora. Precisamente porque es un don que caracteriza de forma singular la vida cristiana, el carisma privilegia, en el creyente que lo recibe, rasgos específicos en su forma de comprender, amar y vivir a Cristo.

El espíritu salesiano, aquel “estilo original de vida y de acción” que “Don Bosco vivió y nos transmitió, por inspiración de Dios” (Const. 10), “encuentra su modelo y su fuente en el corazón mismo de Cristo, apóstol del Padre” (Const. 11). Es verdad que “nosotros descubrimos (a Cristo) presente en Don Bosco que entregó su vida a los jóvenes”; pero “para comprender nuestro espíritu en su elemento central, hay que ir más allá de la persona de Don Bosco; es preciso acudir a la fuente en que bebió: la persona de Cristo” [13] .

Por esto nos interesa conocer y amar al Cristo que Don Bosco vivió y pensó; identificar los rasgos de su persona a los que como salesianos “somos más sensibles” (Const. 11) y, por tanto, aferrados por Él y fascinados por Él, ponernos a seguirle. Y precisamente porque en Don Bosco se nos hace presente el modo de conocer, amar y seguir a Cristo, es en Don Bosco, a través de su experiencia espiritual y apostólica, donde estamos llamados a acercarnos como salesianos a Cristo Jesús.”


A la Palabra, le digo


Señor Jesús,

 cuando preguntan por tu madre y tus parientes,

 Tú no levantas muros: ensanchas el hogar.

 No niegas la sangre,

 pero anuncias algo más grande que ella.

 Nos miras sentados a tu alrededor

 y nos dices, sin rodeos y con verdad:

 familia es quien escucha la Palabra

 y se la juega cumpliendo la voluntad del Padre.

Hoy comprendemos que pertenecer a Ti

 no es cuestión de cercanía física ni de títulos,

 sino de afinidad de corazón.

 Escucharte, acogerte, obedecer al Padre:

 ahí nace la familia nueva,

 la que no se hereda,

 la que se construye cada día.

Gracias, Señor, por Don Bosco.

 Porque él entendió esto hasta el fondo.

 No fundó una obra: engendró una familia.

 No reunió seguidores: creó hogar.

 Sentó a los jóvenes a tu alrededor

 y les enseñó, con la vida,

 a escucharte y a confiar en el Padre.

En él aprendimos a mirarte como apóstol del Padre,

 a amarte con pasión concreta,

 a seguirte con los pies en la tierra

 y el corazón en el cielo.

 Don Bosco no se quedó en sí mismo:

 nos llevó a Ti.

 Y allí seguimos bebiendo,

 en la fuente viva de tu persona.

Señor,

 haznos familia tuya de verdad.

 Que no confundamos carisma con costumbre,

 ni comunidad con simple convivencia.

 Danos un oído atento a tu Palabra

 y un corazón decidido a cumplirla.

Que, como Don Bosco,

 te descubramos en medio de los jóvenes

 y nos dejemos fascinar otra vez por Ti.

 Porque solo así —sin atajos—

 seguimos siendo tu familia.

Amén.