Evangelio del Dia

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Lunes 26 de Enero de 2026

Lc. 10,1-9

Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: "¡Que descienda la paz sobre esta casa!". Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: "El Reino de Dios está cerca de ustedes".»

La Palabra me dice


Ayer, Jesús sale de su casa y comienza a andar por los caminos de Galilea, predicando el mensaje de salvación para todos los hombres. Hoy le toca el turno a los discípulos. Ellos han seguido a Jesús un buen trecho y por un considerable tiempo. Un tiempo que ahora los habilita para anunciar de a dos, lo mismo que él anunció. Esa misión la relata Lucas, pero también Marcos y Mateo. La precede un discurso de Jesús, enseñanzas para ser buenos y auténticos misioneros del Reino. Ellos saben que si Jesús vino para comenzar por el pueblo de Israel, ellos son llamados no solo para ese pueblo sino para todos los hombres que serán el pueblo de Dios. Al igual que Jesús, no se contentan con solo Palestina. Su misión es mundial. Es por eso que este discurso de Jesús pareciera ubicarse en un bucle del tiempo, como si hablara a los primeros oyentes misioneros pero también a los primeros cristianos de la protohistoria de la Iglesia, y también a nosotros, hoy, en este 2026 en el que somos convocados  a la evangelización, que es la obra a la que deben contribuir todos los discípulos de Jesús. Un dato curioso, es que son setenta y dos discípulos. Un número que aparece en Gn 10, donde se cita la existencia de setenta y dos naciones paganas. Enviados entonces a anunciar aquel grito del recordado Papa Francisco. El evangelio predicado a “todos, todos, todos”. porque Dios quiere a todos dentro de su familia.


Con corazón salesiano


Hace pocos meses, hemos recordado la partida de la primera expedición misionera salesiana hacia tierras fuera de Italia. Son ya 150 años de aquella primera expedición a la Argentina (1875), Uruguay (1876), Francia (1878), España (1881), Brasil (1883), Chile (1887), Bolivia (1895), Paraguay (1896), México (1892), Colombia (1890s)... y así continúa una lista de frutos de un árbol que nunca paró de florecer, por la gracia de Dios. Son ya 137 países, tantísimas culturas y lenguas, todos unidos en una familia que se reconoce miembro vivo del Cuerpo de Cristo. Allí, en el corazón de la iglesia, los hijos de don Bosco continúan anunciando y gritando que “todos, todos, todos” los jóvenes, especialmente los más pobres, están llamados a descubrir el paso de Dios en sus vidas, por medio de Jesucristo.


A la Palabra, le digo


Señor Jesús,

 Tus primeras palabras públicas al mundo, fueron anunciar la Buena Noticia.

 Cuando viste que el camino era ancho y la mies abundante,

no dudaste: nos enviaste.                                                                                                                                           

Nos hiciste también a nosotros portadores del Evangelio.

 De dos en dos, frágiles pero confiados,

 sin alforja de seguridades,

 con el corazón lleno y las manos libres.


Hoy entendemos que ese envío no quedó en el pasado.

 Tu voz sigue sonando, clara y directa,

 también en este 2026 que corre rápido y se distrae fácil.

 Nos dices que el Reino está cerca,

 que entremos en las casas,

 que miremos a las personas a los ojos,

 que llevemos paz antes que discursos

 y esperanza antes que explicaciones.


Gracias, Señor,

 porque ese envío lo tomaste en serio en Don Bosco.

 Él creyó que la misión no tenía fronteras,

 ni idiomas imposibles, ni jóvenes descartables.

 Soñó en grande… y Tú hiciste el resto.


Desde Valdocco hasta los confines del mundo,

 enviaste salesianos como Tú enviaste a los setenta y dos:

 con pobreza evangélica, con alegría desarmante,

 con la certeza de que cada joven es tierra sagrada.

 Y el árbol creció.

 No por estrategia, sino por fidelidad.

 No por poder, sino por amor.


Señor,

 haznos discípulos misioneros sin nostalgia ni miedo.

 Que no anunciemos desde la comodidad,

 sino desde la cercanía.

 Que no vayamos solos, sino en comunidad.

 Que no busquemos éxito, sino fecundidad.


Enséñanos a creer, de verdad,

 que el Evangelio es para “todos, todos, todos”,

 especialmente para los jóvenes pobres,

 los que no cuentan, los que nadie espera.


Envíanos hoy,

 con el corazón de Don Bosco

 y la audacia de los setenta y dos.

 El resto —ya lo sabemos—

 lo haces Tú. 


Amén.