Evangelio del Dia

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Sábado 15 de Agosto de 2026

Lc. 1, 39-56

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre».

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

La Palabra me dice


Este canto queda dividido en dos bloques, que se cierran aludiendo a la misericordia divina. 

La primera parte el canto de María gira en torno a la actuación de Dios en su propia vida. Con su plegaria, María hace una relectura de cuanto le ha sucedido; viendo, para su sorpresa, que todo es fruto del querer divino, no puede por menos que expresar su admiración. Queda maravillada por lo que ella misma está viviendo porque lo contempla, no ya desde su propio proyecto personal, sino desde el proyecto de Dios.

La segunda parte del cántico mariano alaba la actuación de Dios a favor de su pueblo. Saber a Dios interesado en la propia vida llevó a María a descubrir a Dios interesado en la vida de su gente. María no habla tanto de clases sociales, sino más bien de clases de corazones. ¿Y quién podrá decir de sí mismo que es uno de esos pobres de Dios?

El «Magníficat» se ubica dentro del género literario común a todos los himnos o salmos de acción de gracias. La originalidad hay que ponerla en la asimilación personal de María de las grandes ideas bíblicas:

- la misericordia de Dios,

- la preferencia de Dios por los pobres y humildes,

- su poder, su santidad y su fidelidad, y

- las promesas que Él hizo a nuestros padres, los patriarcas.


Con corazón salesiano


"A inicios de 1887 terminó un último viaje a través de España, limosnando por encargo del Papa León XIII, que le había confiado la construcción de un templo al Sagrado Corazón en Roma. Estaba muy cansado pero el 14 de ese mes se halló presente en la gran ceremonia de consagración en la ciudad eterna. El día siguiente subió al altar del hermoso templo para celebrar la misa. Acababa de iniciarla cuando el secretario, Don Viglietti, que lo asistía, lo vio romper llorar: el llanto se repitió por quince veces durante la misa. 

Al final casi tuvieron que llevarlo a la sacristía, donde Don Viglietti le preguntó, sumamente preocupado:

- Don Bosco ¿Qué le pasa? ¿Se siente mal?

Don Bosco negó con la cabeza y contestó:

- Tenía ante los ojos, viva, la escena de mi primer sueño, a los nueve años. Veía y escuchaba a mi mamá y mis hermanos que discutían sobre lo que yo había soñado...” En ese lejano sueño la Virgen le había dicho: "A su tiempo todo lo comprenderás". Ahora, mirando hacia atrás, le parecía comprender realmente todo."

Cuando te das cuenta del paso de Dios en tu vida, brotan la alegría y los temores, y resulta inevitable alabarlo... Imagino lo que sintió Don Bosco en ese momento, cuando el "A su tiempo lo comprenderás" dejó de ser promesa y se hizo presente... Quizás esas lágrimas fueron su "Magnificat".


A la Palabra, le digo


Aprendiendo a discernir los comportamientos de Dios en nuestra propia historia, rastreamos las maravillas de Dios en la historia de los nuestros. No pasamos por alto que, para convertir nuestra oración en evangelio, proclamado ante el prójimo a quien servimos, nuestra alabanza, tenemos que llevar a Dios en nuestro seno: rogamos, pues, que se haga un lugar en nosotros, para que nuestra plegaria sea testimonio de Dios. Como lo fue durante la vida de María.