Evangelio del Dia

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Viernes 31 de Julio de 2026

Mt. 13, 54-58

Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en su sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados. «¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?».

Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Entonces les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia».

Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

La Palabra me dice


En diálogo con la gente de Nazareth que empieza a hacer algunas preguntas, me vienen al corazón algunas otras que sumo a estos comentarios en la misma sintonía: “¿De dónde viene este Jesús?” “¿Acaso no es uno de los nuestros?” “¡Pero si creció entre nosotros! ¿quién le enseñó tanto?” “Pero, éste jugaba conmigo cuando era chico ¿y ahora qué?” 

También como a la gente de su pueblo nos resulta difícil reconocer a Dios en medio nuestro, nos cuesta reconocer a un Dios cercano, que nos acompaña día a día en las alegrías y en las tristezas. 

Jesús es tan humano como nosotros, igualito en todo a nosotros menos en el pecado, dice la Palabra de Dios. Y nos cuesta descubrirlo igual a nosotros, muchas veces preferimos que sea alguien ajeno a nuestro mundo, alguien majestuoso y poderoso; pensando de esa manera alejamos a Dios de nuestra vida, y preferimos quedarnos lejos. 

También me pregunto, ¿cómo se sentirá Jesús ante tanta desconfianza y desconcierto? ¿Por qué les resulta imposible que uno del pueblo venga a dar testimonio del Dios vivo, del Dios amor, del Dios encarnado en la historia? Y Jesús insiste una y otra vez: “YO SOY tu Dios, Yo estoy a tu lado, Yo permanezco en vos, YO SOY tu Dios!”

¡Cuánto desconcierto causan las palabras de Jesús! Su presencia, sus enseñanzas muchas veces desestabilizan nuestro mundo. Pero Él no se cansa de insistir, Jesús siempre me invita a más: más entrega… más fe… más empeño… más confianza… más coherencia… más tiempo… más luz… más espacio… 


Con corazón salesiano


Madre Mazzarello y Don Bosco pudieron reconocer al Señor en el rostro de cada joven, en el corazón de los y las jóvenes más pobres y abandonados se sentían esperados por Dios. Y por ese amor a Dios en los jóvenes, también fueron despreciados entre su gente, entre los suyos. No siempre fueron comprendidas sus acciones o propuestas, hoy tomando distancia del siglo XIX comprendemos que sólo el amor que los habitaba era el motor que los movía a volverse “profetas” de los jóvenes, se hicieron para ellos y ellas signos del amor Dios, revelando con su propio ser la presencia del Resucitado.

En nuestro días, el Señor se sigue revelando de la misma manera, Jesús grita humanidad en el rostro de tantos jóvenes, grita dignidad en sus silencios incómodos, grita amor en las violencias acumuladas y de tantos desamparados. 


A la Palabra, le digo


Hago un momento de silencio, vuelvo a hacerme consciente de que el Señor vive en mí, y en el secreto del corazón renuevo mi deseo de amar y servir al Señor en los/as jóvenes más empobrecidos/as, los/as más vulnerables, los/las más perdidos/as y solos/as, me quiere su “profeta” en medio de ellos/as.