La Palabra me dice
El texto nos conduce de regreso al lugar santo donde Jesús ha celebrado la última cena con sus discípulos: lugar de su revelación, de su gloria, de su enseñanza y de su amor. Aquí estamos invitados también nosotros a sentarnos a la mesa con Jesús, a inclinarnos sobre su pecho para recibir su mandamiento y prepararnos, así a entrar también nosotros, con Él, en la pasión y en la resurrección. Jesús se había presentado, ofreciéndose como camino al Padre, mientras en estos pocos versículos introduce la promesa del envío del Espíritu Santo, como aquel que nos da consuelo, como presencia cierta, pero también la promesa de la venida del Padre y de Él mismo en lo íntimo de los discípulos que, por la fe, creerán en Él y guardarán sus mandamientos. Jesús ante todo, dice claramente, delante de sus discípulos, que el amor hacia Él, si es verdadero, lleva infaliblemente a la observancia de los mandamientos. Quiere decirnos, en suma, que si no hay observancia, significa que nosotros no tenemos el amor. Jesús dice también que el don del Espíritu Santo por parte del Padre es fruto de este amor y de esta observancia, que suscitan la oración de Jesús, gracias a la cual podemos recibir al Espíritu. Y explica lo que él sea: el Consolador, el Espíritu de la verdad, aquél a quien el mundo no ve, no conoce, pero los discípulos sí, y aquél que habita junto a ellos y que está dentro de ellos. El texto se abre y se cierra con las mismas palabras: la proclamación e invitación al amor hacia el Señor. Jesús pronuncia con insistencia un pronombre “ustedes”, referido a sus discípulos, a los de entonces, pero también a los de hoy. Somos nosotros, cada uno visto y mirado por Él con amor único, personal, irrepetible, que no puede ser malvendido o permutado. Sé que también yo estoy presente en aquel “ustedes”, que parece genérico, pero no lo es.
Con corazón salesiano
“Yo los dejo aquí abajo, pero sólo por un poco de tiempo. Espero que la infinita misericordia de Dios haga que nos podamos encontrar todos, un día, en la feliz eternidad. Allí los espero. Les recomiendo que no lloren mi muerte. Es una deuda que todos tenemos que pagar, pero después nos serán ampliamente recompensados todos los sufrimientos soportados por amor a nuestro buen Maestro Jesús”. Éste es el texto que Don Bosco dejó como testamento espiritual, y que fuera enviado a los salesianos después de su muerte. Es la palabra de alguien que nos anima a seguir andando, que nos sigue esperando para encontrarnos junto a Dios, que nos invita a seguir trabajando en bien de los jóvenes más pobres.
A la Palabra, le digo
Pruebo a releer una vez más las palabras de Jesús, pero poniendo el “vos” en lugar de “ustedes” y me dejo alcanzar más directamente; me pongo cara a cara, ojos con ojos con Jesús y dejo que Él me diga todo, llamándome con un “vos” rebosante de amor, con mi nombre, que sólo Él verdaderamente conoce: “Si vos me amás”; “el Padre te dará otro Consolador”; “Vos lo conocés; él habita junto a vos y estará en vos”; “no te dejaré huérfano, volveré a vos; vos me verás; vos vivirás; vos sabrás que yo estoy en el Padre y vos en mí y yo en vos”.
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