La Palabra me dice
En diálogo con la gente de Nazareth que empieza a hacer algunas preguntas, me vienen al corazón algunas otras que sumo a estos comentarios en la misma sintonía: “¿De dónde viene este Jesús?” “¿Acaso no es uno de los nuestros?” “¡Pero si creció entre nosotros! ¿quién le enseñó tanto?” “Pero, éste jugaba conmigo cuando era chico ¿y ahora qué?” También como a la gente de su pueblo nos resulta difícil reconocer a Dios en medio nuestro, nos cuesta reconocer a un Dios cercano, que nos acompaña día a día en las alegrías y en las tristezas. Jesús es tan humano como nosotros, igualito en todo a nosotros menos en el pecado, dice la Palabra de Dios. Y nos cuesta descubrirlo igual a nosotros, muchas veces preferimos que sea alguien ajeno a nuestro mundo, alguien majestuoso y poderoso; pensando de esa manera alejamos a Dios de nuestra vida, y preferimos quedarnos lejos. También me pregunto, ¿cómo se sentirá Jesús ante tanta desconfianza y desconcierto? ¿Por qué les resulta imposible que uno del pueblo venga a dar testimonio del Dios vivo, del Dios amor, del Dios encarnado en la historia? Y Jesús insiste una y otra vez: “YO SOY tu Dios, Yo estoy a tu lado, Yo permanezco en vos, YO SOY tu Dios!” ¡Cuánto desconcierto causan las palabras de Jesús! Su presencia, sus enseñanzas muchas veces desestabilizan nuestro mundo. Pero Él no se cansa de insistir, Jesús siempre me invita a más: más entrega… más fe… más empeño… más confianza… más coherencia… más tiempo… más luz… más espacio…
Con corazón salesiano
Madre Mazzarello y Don Bosco pudieron reconocer al Señor en el rostro de cada joven, en el corazón de los y las jóvenes más pobres y abandonados se sentían esperados por Dios. Y por ese amor a Dios en los jóvenes, también fueron despreciados entre su gente, entre los suyos. No siempre fueron comprendidas sus acciones o propuestas, hoy tomando distancia del siglo XIX comprendemos que sólo el amor que los habitaba era el motor que los movía a volverse “profetas” de los jóvenes, se hicieron para ellos y ellas signos del amor Dios, revelando con su propio ser la presencia del Resucitado. En nuestro días, el Señor se sigue revelando de la misma manera, Jesús grita humanidad en el rostro de tantos jóvenes, grita dignidad en sus silencios incómodos, grita amor en las violencias acumuladas y de tantos desamparados.
A la Palabra, le digo
Hago un momento de silencio, vuelvo a hacerme consciente de que el Señor vive en mí, y en el secreto del corazón renuevo mi deseo de amar y servir al Señor en los/as jóvenes más empobrecidos/as, los/as más vulnerables, los/las más perdidos/as y solos/as, me quiere su “profeta” en medio de ellos/as. |