La Palabra me dice
“Iban a un pequeño pueblo”. Ante el fracaso de toda expectativa, ante la contundencia de la muerte, ante la pérdida de los sueños... lo más razonable parece volver a lo concreto, a la vida de antes, a las seguridades pequeñas pero palpables. Comparo esta reacción de los dos caminantes con mi actitud frente a los golpes y desencantos de la vida. Mirando todo el camino-proceso que recorren los discípulos, trato de ubicarme en aquel tramo donde hoy me descubro andando. “El mismo Jesús se acercó”. Me detengo en las actitudes de Jesús. ¿Qué hace Él ante la incertidumbre, la desesperación, la sensación de fracaso de los suyos? ¿Qué pasos va dando? Contemplo el proceso que Él acompaña. “Y estando a la mesa”. “Quizás la escena de Emaús sea una de las que más calma transmite en los evangelios: Jesús no tiene apuro por darse a conocer, gasta tiempo en conversar, les hace preguntas de esas que, más que contestación, buscan entrar en contacto... les explica las Escrituras y se sienta a cenar con ellos aunque, menudo fallo, no tuvieron tiempo para la sobremesa” (D. Aleixandre). Comparo mis tiempos y los de Jesús, me pregunto cómo respeto el camino y los procesos de los demás, cómo conjugo la paciencia del que ama con la urgencia de evangelizar. “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron”. Al final, la fe que es reconocimiento, trae consigo “conversión”: el encuentro con Jesús los hizo regresar al lugar de donde venían. Pero, primero, Jesús se acercó y caminó con ellos en su misma dirección, en su mismo sentido. Se juntó con ellos allí donde estaban. Y ellos, que no habían comprendido las palabras, recuperaron la memoria ante el memorial y el gesto. “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Me quedo un momento ante esta pregunta. Repaso invitaciones que se están acallando, ardores que se han detenido, búsquedas que ya no me interesan… ¿Cómo reencontrarme con esa pasión apostólica que un día me puso en camino? ¿Cómo desandar los senderos del desánimo, la rutina y el aburguesamiento? ¿Cuál es aquella palabra-presencia que en este momento puede reencender el fuego de mi corazón, de nuestro corazón? “Contaron lo que les había pasado en el camino”. En el camino, siento que Jesús me acompaña y me interpela en la vida de los jóvenes. No me pongo yo en el lugar de Jesús... los pongo a ellos, que me evangelizan. Y reconozco gestos, palabras, silencios, presencias de los jóvenes que hacen reencender en mí el fuego de la pasión por el evangelio.
Con corazón salesiano
Don Bosco y su pasión por anunciar la Vida Plena a los jóvenes (su urgencia de evangelizar). La Pascua en Valdocco (12 de abril de 1846), punto final del tortuoso camino inicial del Oratorio “ambulante”. Don Bosco y la Eucaristía, lugar de encuentro, fiesta y reconocimiento pleno del Resucitado.
A la Palabra, le digo
Muchas veces, Jesús, me siento como los peregrinos del relato... y hago mías sus palabras desalentadas: “Nosotros esperábamos... pero...”. Por eso te rezo también desde lo que hay de desesperanza en mí y en muchos hermanos. También nosotros podemos sentirnos como si siguiéramos aún en el anochecer del viernes, volviendo con ánimo abatido de enterrar en el sepulcro proyectos, ilusiones y promesas… “Torpe y lento de corazón“, me dejo interpelar por tu firmeza cariñosa. Y te pido que hagas camino conmigo, que me expliques las Escrituras, que me hagas comprender el sentido de tu Pascua y de la mía… Durante el día recuerdo la invitación-oración que surge de lo más profundo: “¡Quédate con nosotros!” Te agradezco la posibilidad de seguir encontrándote hoy al participar en la Eucaristía, al escuchar tu Palabra y al verte en todos los “forasteros” que se cruzan en mi camino. Y hago memoria de los momentos en que hiciste arder mi corazón. Te agradezco por ellos y te pido que me ayudes a descubrir por dónde pasa hoy mi verdadera conversión para que pueda anunciarte plena y eficazmente vivo. |