Evangelio del Dia

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Domingo 08 de Noviembre de 2026

Mt. 25, 1-13

«Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. 

Pero a medianoche se oyó un grito: "Ya viene el esposo, salgan a su encuentro". Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?". Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado".

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos", pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco".

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.»

La Palabra me dice


La Palabra habla por sí misma, pero a mí me habla diciéndome que tengo que guardar claro y abundante el aceite de cada día, porque el esposo vendrá en cualquier momento. Llegará para las Bodas. ¡Cómo se preparan las novias para la celebración de su matrimonio: el vestido, el peinado, los perfumes, la combinación de los colores, los cosméticos de todo tipo! Y me pregunto: yo, ¿cómo me estoy preparando para el encuentro del esposo? Y está pregunta seguirá resonando dentro de mí.


Con corazón salesiano


Quisiera recordar la celebración de la unción de los enfermos del P. José Parolini. El había pedido que los salesianos que podían participar lo hiciéramos. Estábamos presentes ocho o nueve. Menos mal que la habitación era bastante grande. Fue un encuentro muy emotivo para él y para nosotros. Hubo canto, hubo silencio, hubo oración comunitaria. Pero fue sobre todo un encuentro de fe y un encuentro fraterno con un hermano que podía después partir hacia la casa del Padre.


A la Palabra, le digo


Gracias Padre amado, por tantos misioneros y misioneras que vivieron y murieron en nuestra tierra, porque ellos nos han dejado un inestimable legado. Ayúdanos a mantenerlo vivo y a acrecentarlo cada día.