La Palabra me dice
El discurso de Jesús se sitúa en un magnífico escenario. Si todos los hombres han de escucharle, deberá él ubicarse en un punto donde todos puedan recibir la palabra. Jesús sobre la barca se muestra realmente como maestro. La barca es su cátedra. Los oyentes que permanecen en tierra son el campo sobre el que ha de caer la semilla de su palabra, que es ante todo una invitación a pasar de la tierra a la barca de su comunidad en el seguimiento. El relato a continuación tiene fuertes contrastes, el discurso de Jesús puede parecer desesperante: Es la llegada del reino o soberanía de Dios, que ha irrumpido ya con su palabra y sus milagros. Las dificultades no faltan, pero el Reino de Dios va más allá de estos aparentes fracasos por la siembra estropeada o por no encontrar la semilla un terreno propicio, una fe estable. El éxito final está asegurado. Habrá una cosecha abundante. Si Jesús es el sembrador que no desistirá de su misión ni se preocupará por seleccionar previamente los terrenos para la siembra, así también han de hacer quienes tras él, reciban su propia misión: no han de sucumbir a la tentación del desánimo ni a la de analizar y clasificar el campo de su acción. Lo que sigue a continuación, no es la negativa a mostrar a “los de afuera”, los no creyentes, la explicación de la parábola. En realidad la reserva de la explicación solo a los discípulos viene a reflejar lo que la primera comunidad vivía: ellos se reconocían portadores no de un mero mensaje, sino que, como Iglesia, custodiaban el verdadero mensaje salvífico. Lo protegían y defendían porque tenían la conciencia de que la Iglesia primitiva debía constituir una comunidad de salvación frente a un mundo que se obstinaba en la incredulidad. La explicación entonces, reservada a los discípulos, también presenta un giro particular: no tiene como protagonista al sembrador, sino a los diversos terrenos donde ha de caer la semilla. Al final, la pregunta recae sobre los oyentes. Es una pregunta a la primera comunidad cristiana y que es también dirigida a nosotros: ¿Qué clase de terreno representamos? ¿Con cuál nos identificamos? ¿Con el camino o con el pedregal? ¿Con el terreno donde crecen sólo los abrojos o con la tierra buena donde la semilla fructifica?
Con corazón salesiano
El próximo año, 2027, celebraremos los 150 años del primer opúsculo escrito por Don Bosco sobre el Sistema Preventivo. Se le da una fecha más bien simbólica, ya que mucho antes del 1877, cuando un Juan Bosco jóven iba a comenzar la misa, se vio envuelto en una escena que lo cambiaría todo. Era la defensa que hizo sobre el jóven Bartolomé Garelli que escapaba de los escobazos del impaciente y malhumorado sacristán. Era el 8 de diciembre de 1841. Ese día comenzó a rodar un método que lo cambiaría todo. Ese día comenzó una siembra que aún en medio de aparentes fracasos, dió frutos para bien de la Iglesia que jamás Juan Bosco habría imaginado. Comenzó a sembrar sin importarle la condición de quien tenía al frente. Comenzó a sembrar y ya no pudo parar sino hasta su muerte. Fue una siembra que lo hizo cruzar mares y océanos. Una siembra que dio frutos de santidad inigualables, La tierra era muy buena, porque fue allí donde la semilla dió fruto.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, te subes a la barca y no es un detalle pintoresco: es una decisión misionera. Buscas el lugar donde todos puedan escucharte, porque tu Palabra no es para elites ni para terrenos “certificados”, sino para todo campo que se deje alcanzar. Hoy nos hablas como Maestro paciente y realista. Siembras sin calcular resultados, sin elegir previamente quién “vale la pena”. Tu Reino no avanza por estadísticas ni se detiene por los fracasos aparentes. Tú siembras… y confías. Y nos enseñas a hacer lo mismo. Pero luego nos miras de frente y la pregunta cae sin anestesia: ¿Qué terreno soy yo? ¿Camino endurecido por la costumbre? ¿Pedregal entusiasta pero inconstante? ¿Tierra ahogada por miedos, urgencias y ambiciones? ¿O tierra buena, trabajada, humilde, disponible? Gracias, Señor, por Don Bosco. Porque él entendió tu parábola con los pies en la tierra. Aquel día de 1841 no analizó el terreno: sembró. Defendió a Bartolomé Garelli y sin saberlo empezó una revolución del Evangelio. No preguntó condiciones, no esperó garantías, no se desanimó por los tropiezos. Sembró con paciencia, con amor, con fe. Sembró razón, religión y cariño. Y la semilla cruzó mares, culturas y siglos. Los frutos —Tú lo sabes— superaron cualquier cálculo humano. Señor, líbranos del desánimo del sembrador cansado y del orgullo del que quiere controlar la cosecha. Enséñanos a sembrar como Tú y como Don Bosco: con perseverancia, con esperanza, creyendo que el éxito final siempre es tuyo. Haznos tierra buena. No perfecta, pero trabajada. No sin piedras, pero abierta. Que tu Palabra encuentre en nosotros un lugar donde quedarse y dar fruto abundante para bien de los jóvenes y de toda tu Iglesia. Amén. |