La Palabra me dice
No son los que me dicen: "Señor, Señor", los que entrarán en el Reino de los Cielos… Este texto nos desconcierta un poco y al mismo tiempo nos aclara una verdad fundamental. El desconcierto viene por el hecho de que Jesús desconocerá a aquellos que, a nuestro modo de ver, han hecho cosas buenas. No parece sensato. Si profeticé, si pude hacer milagros en el Nombre de Jesús, casi que es lógico que al final del camino Él me reciba con los brazos abiertos. Además, como si fuera poco lo anterior, les dirá: “Apártense de mí los que hacen el mal” … No cabe en nuestra pequeña cabecita esta situación. Profetizar en el Nombre de Jesús, expulsar demonios, hacer milagros ¿es hacer el mal? Quizá la comparación que hace Jesús a continuación nos puede aclarar algo esto. Lo que Dios busca es que escuchemos su Palabra y vivamos de acuerdo a ella, con sencillez, alegría y humildad. Hacer el bien y pretender tener privilegios por ello, echándonos incienso a nosotros mismos no sirve. No es el espíritu del Evangelio de Jesús. Construir nuestra casa sobre apariencias, sobre el orgullo de pretender privilegios porque hago un montón de cosas buenas, no lleva a un buen final. No ganamos el corazón de Dios con orgullo, soberbia y prepotencia, sino con humildad y sencillez. Dirá claramente la Palabra de Dios: “Dios da su gracia al humilde y resiste a los soberbios”. Así de simple… Así de claro.
Con corazón salesiano
Don Bosco ha sabido construir la casa sobre roca. Lo que siempre ha movilizado el corazón de nuestro padre es la búsqueda de la voluntad de Dios y poder ajustar su vida a esa voluntad. No pretendió grandezas, ni honores, no buscó glorias personales, ni triunfos, sino que se esmeró en buscar siempre la gloria de Dios y la salvación de los jóvenes que el Señor puso en su camino. El testimonio de santidad dentro de la grande familia salesiana es un signo de que los hijos e hijas, por él formados, están en ese mismo sendero. El día que perdamos este horizonte inspirador, perderemos el sentido de nuestra vida y misión.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo. Amén.
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