La Palabra me dice
La inquietud frente a lo desconocido es una respuesta humana natural. Tememos lo que no conocemos. Sin embargo, Jesús vuelve a revelarme lo precario de mi fe: no puedo dejar de sentir temor en muchas circunstancias de mi vida. Pero siempre –también esa es mi experiencia– Él extiende su mano, me sostiene y me dice: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31). La voz del Señor es firme y delicada a la vez: “Si crees en mí no tienes por qué temer.” Temor y fe se me presentan contrapuestos, excluyentes uno del otro. Pero, no sólo la fe excluye el temor: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en si castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” (1Jn 4,18). Encuentro un fuerte nexo entre la fe y el amor. Nuestra fe es inseparable del amor puesto que creemos que la esencia misma de Dios –en quien creemos– es el Amor. (1Jn 4,8). ¿Qué inquieta el corazón de los discípulos de Jesús? El tono de todo el discurso es de despedida y provoca crisis desde el anuncio de la traición de Judas (13,36-38). Por otro lado, la Ley judaica había multiplicado tanto los preceptos y prescripciones que difícilmente un creyente podía estar tranquilo de poder cumplir con todas las exigencias que se había convertido en “pesadas cargas”, casi imposibles de llevar (Mt 23,4). ¿Cómo podían salvarse, entonces? “En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones…”. Para los judíos la Casa del Padre es el Templo. Solamente allí era posible encontrarse con Dios. Pero, muchos de los que escuchan a Jesús –enfermos, pecadores, paganos…– están excluidos del Templo. Me conmueve escuchar a Jesús hablar de una Casa del Padre sin excluidos… Y no puedo dejar de pensar si nuestras comunidades están, se parecen más al Templo-para-pocos que a la Casa-para-todos. “Yo voy a prepararles un lugar…”. Es Jesús quien nos prepara un lugar, viene a buscarnos y nos lleva para que estemos con él –por toda la eternidad– en la “Casa” de su Padre. No puedo dejar de pensar en esa “casa” que alguna vez recibió con su abrazo al hijo que por el amor gratuito del Padre misericordioso recuperó una dignidad inmerecida (Lc 15,11-32). Esa Casa-Intimidad de Dios es nuestro destino final. Cristo nos lo ha conquistado. Entonces, ¿qué podemos temer? Decía Benedicto XVI que «para quien vive en Cristo, la muerte es el paso de la peregrinación terrena a la patria del Cielo, donde el Padre recibe a todos sus hijos». "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Para los antiguos el “Camino” era un método, una disciplina, un sistema o, incluso, una moral para alcanzar la unión con la divinidad. Pero Jesús no vino sólo a revelarnos una sabiduría escondida sino a darse personal y totalmente a nosotros. Él –su Persona– es el “Camino” que nos conduce al Padre. Nadie puede ir al Padre sino por él. Se trata de una relación personal, un “permanecer” en el amor recíproco con Cristo y los hermanos (cf. Jn 15, 9). Porque sólo a quién lo ama se le revela la Verdad (cf. Jn 14, 21), esa Verdad que hace libre al hombre (cf. Jn 8,32), es la fuente misma de Vida Eterna a la que todos estamos llamados. “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Jn 3, 16).
Con corazón salesiano
Vienen a mi mente y a mi corazón dos expresiones frecuentemente usadas por don Bosco frente a las enormes dificultades que le tocó afrontar: “Nada te turbe” (MB VII, 524), y “Un pedacito de Paraíso lo arregla todo”. Por eso no temió tener los pies en la tierra –porque confiaba plenamente que para Dios nada es imposible– y el corazón en el Cielo que anhelaba no sólo para sí, sino para tantos chicos, como San Luis Orione, alumno en el oratorio de Valdocco en tiempo de Don Bosco: “Dile a mis muchachos que los espero a todos en el Paraíso”.
A la Palabra, le digo
Me siento llamado a repasar mis temores y a hacer un acto de fe y de confianza en el Amor de Dios que quiere que sea feliz aquí en el tiempo y por toda la eternidad: “Nada te turbe, nada te espante todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta”. (Teresa de Ávila). |