La Palabra me dice
Antes de cualquier conclusión teológica o catequística contemplo la narración en cuanto tal: es la escena del dolor desgarrador. Un hijo crucificado. No es un malhechor, es el que “pasó haciendo el bien” y esconde un misterio que, en la cruz, se mostró aún más opaco. Una madre al pie de la cruz. Pienso en tantas mujeres fuertes, tan apropiadas del verbo “bancar”: enfermedades interminables al pie de la cama, trabajos duros al pie del cañón, economías domésticas al pie del fogón. También están su hermana y la Magdalena. Madres del dolor, madres del paco, madres de desaparecidos. Al pie de la cruz, ¡cuántas veces las vimos! El dolor circula: desde la mirada de la madre al hijo, de la mirada del hijo al discípulo y de éste a la madre: dolores que se sostienen unos a otros y a los que se hace lugar: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”.
Con corazón salesiano
Reconocemos carismáticamente la ternura, la fortaleza y la realidad que nos interpela, como impronta mariana en nuestras obras. Y también como realismo que no invisibiliza el dolor, escondiendo, fatalizando o justificando. Pensemos en aquel relato de las “Memorias del Oratorio” sobre la epidemia de cólera en Turín con Don Bosco y sus muchachos arremangados en la emergencia.
A la Palabra, le digo
El dolor y el misterio del mal son tan concretos como la cruz de Jesús y la angustia de los suyos. Vivimos entre la belleza de la vida y el dolor, con frecuencia trágico. Danos fortaleza para transitar y acompañar a quienes el sufrimiento esté afectando hoy. |