La Palabra me dice
El Señor me está invitando a un banquete. Cuántas veces puedo encontrar excusas como los invitados de la parábola. Es curioso, si se nos mandara hacer un trabajo forzoso y difícil, tal vez pudiera haber motivos paras excusarse, pero se nos invita a un gran banquete. Además, este banquete es comparado al Reino de Dios. Sin duda, algo nos tapa los ojos o nos impide escuchar. El dueño de casa quiere que ésta se llene de invitados, para que todos puedan disfrutar. Todos y cada uno tenemos un lugar. Siento que, como he hecho tantas veces, no puedo poner más excusas.
Con corazón salesiano
Don Bosco quería que el Oratorio estuviera abierto a todos, cuantos más chicos mejor. Pero eso ocurría también en sus obras. Por ejemplo, en los hospitales de la Patagonia (Viedma, Rawson, Bariloche) nunca se hicieron diferencias por clase social o religión. Y en Rawson, la inmensa mayoría de la población, era galesa. Y también el Evangelio se anunciaba a todos, sin distinción. A veces, “ya no había lugar” y Mamá Margarita se lo hacía notar a Don Bosco. Y, sin embargo, siempre se encontraba una solución para que todos, especialmente los pobres, tuvieran un lugar adecuado.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, Tú nunca dejaste de acercarte a los pecadores y de ofrecerles el pan de la mesa y el pan eucarístico. Te pedimos que también nosotros, siguiendo tus huellas no pongamos nunca fáciles excusas para participar en el banquete del Reino. Y que invitemos también a otros para sentarse a la mesa: “los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos”. Gracias, Señor Jesús, benditos seas.
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