La Palabra me dice
Jesús comienza su vida pública dejando el pueblo de su niñez y adolescencia: Nazaret. Es el comienzo de su misión salvadora. Y como todo comienzo, hay cosas que deben quedarse en el pasado y dar paso a lo nuevo que vendrá. Para Jesús será instalarse en una nueva ciudad, Cafarnaúm, un lugar de residencia que porta la fuerza y la convicción de una profecía, porque está cerca de ciudades paganas. Y es que ya Isaías nos recordaba que una gran luz brillará para todos, porque el comienzo de la predicación de Jesús se ajusta al anuncio hecho por los profetas, y que la predicación cristiana llegará a todos los hombres. Galilea, tierra de paganos, crisol de culturas y religiones desde muy antiguo, es el símbolo de una comunidad en la que los paganos tienen también cabida, pues la luz del evangelio debe alumbrar a todos los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte. Mateo deja en claro este comienzo misionero de Jesús, no rompiendo con el pasado del Pueblo de Israel, sino dando un paso importante hacia un nuevo mensaje: es el anuncio de la llegada del Reino de Dios, el cual no dejará indiferentes a los que lo escuchen. Quien lo recibe ha de reconocer a Jesús como el Hijo de Dios. Como refuerzo de este anuncio, el hombre es testigo de las palabras y los gestos de Jesús, expresados en tantísimas curaciones de todos los que se abalanzan sobre él. La profecía se va cumpliendo. Quienes se acercan no solo llegan desde el pueblo de Israel, sino también de muchas otras ciudades paganas, atraídos por este hombre que les revela la salvación de Dios.
Con corazón salesiano
Cuando don Bosco llega a Turín, experimenta una etapa de muchas preguntas sobre su vida, su sacerdocio como ministerio de servicio, el sentido de tantos esfuerzos y sacrificios pasados, la situación de pobreza y abandono de tantísimos jóvenes que veía por las calles de la ciudad. Todos abandonados a su suerte. Todos ellos carecían de significado para quienes solo les importaban sus propios intereses. Todas las miradas, frías y distantes ante esos chicos desdeñados, contrastaba con una sola mirada, la de un cura que venía a cumplir también él alguna profecía y mandato: “Ponte en medio de ellos…” Don Bosco comprende que ese pasado lleno de dolor y profundo crecimiento, ahora significa la oportunidad de construir una casa, un patio, una iglesia y una escuela. La familia que don Bosco sueña, está llena de esos muchachos.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, Tú dejaste Nazaret sin ruido ni nostalgia estéril, porque el amor cuando llama no admite postergaciones. Te fuiste a Cafarnaúm, frontera incómoda, tierra mezclada, lugar donde la fe no era obvia y la esperanza estaba cansada. Allí encendiste tu luz, no para unos pocos, sino para todos los que caminaban a tientas, también para los que nadie miraba. Hoy entendemos que el Reino comienza así:
con decisiones valientes, con pasos hacia lo nuevo, con el coraje de no quedarnos donde todo es seguro cuando hay sombras esperando luz. Gracias, Señor, por Don Bosco.
Porque cuando llegó a Turín, también él dejó su “Nazaret”. Llegó con preguntas, con dudas, pero con la profecía-mandato de tu palabra: “Ponte en medio de ellos”. Y él se puso en medio de los jóvenes más pobres, los descartados, los invisibles.
Donde otros veían problema, él vio promesa. Donde otros cerraban los ojos, él abrió una casa. Un patio donde reír, una escuela donde crecer, una iglesia y una familia donde nadie sobra. Señor,
danos la gracia de no vivir de recuerdos ni excusas. Enséñanos a leer la historia como Tú la lees: como profecía en marcha. Que sepamos movernos, cambiar, arriesgar, cuando el amor lo pide. Haznos discípulos que te sigan sin calcular demasiado,
salesianos que se pongan en medio de los jóvenes, especialmente de los que habitan hoy las nuevas Galileas de abandono y exclusión. Que tu Reino nos incomode lo justo
para no quedarnos quietos, y nos enamore lo suficiente como para dar la vida con alegría. |