La Palabra me dice
Detengo mi mirada en uno de los datos que aparece casi al final de todo este texto. El dato de que allí, Jesús, “no pudo hacer ningún milagro”. Esto me recuerda ante todo el enorme respeto de Dios por la libertad de cada uno. Por otro lado, la necesidad de la fe. Y finalmente, me ayuda a recomponer la imagen de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, pero sujeto lo mismo a los límites que impone el momento histórico, la idiosincrasia de ese lugar en concreto, lo que cada persona está viviendo en ese momento. También esta dura realidad de que no haya podido hacer milagros habla del abajamiento del Señor, de una consecuencia más del hecho de haberse encarnado, se haberse hecho uno más en medio nuestro.
Con corazón salesiano
A Don Bosco, como a todo el que quiere vivir el seguimiento de Jesús, le tocara jugar según las mismas reglas de juego: un infinito respeto a la libertad del otro y un saber aguardar los tiempos de Dios. Y antes que eso todavía, al ver que también a Jesús le cabe aquello de que “nadie es profeta en su tierra”, Don Bosco ya de chico hizo similar experiencia: de su propio hogar se tuvo que ir porque, salvo la comprensión de su madre, no contaba con mucho apoyo para su sueño.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, mi Salvador y mi Todo. Reconozco mi pequeñez y mi pobreza. Acepto todo aquello que tu Padre me llame a vivir en medio de las situaciones de cada día. Aún ante la incomprensión o el aparente fracaso, no dejo ni dejaré nunca de apostar por Vos. Amén.
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