La Palabra me dice
“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña”: Tan significativo debe ser este lugar para Jesús, pues ahí es donde inició su misión y es allí donde fueron citados sus discípulos para enviarlos a realizar lo mismo que él hizo. Es en la montaña donde se encuentran con él: lugar de oración, de descanso. “Al verlo, se postraron”: Los discípulos reconocen a Jesús como Dios. Son los mismos que habían dudado y, aunque débiles y confusos, son elegidos para formar la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, y para iniciar la tarea de la evangelización. Veo estos gestos y me siento como ellos ante Jesús: a veces adorando, a veces dudando de su presencia. Sin embargo, aunque débiles y confusos, él nos llama cada día a ser sus discípulos. “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”: Jesús transmite a los discípulos su misma misión: evangelizar y bautizar. Ésta debería ser nuestra misión como Iglesia en todo tiempo y lugar, si nos sentimos parte de ella: presentar la Buena Noticia de que Dios nos ama y nos salva en Jesús. Por eso no me tengo que quedar quieto; cuánto más conozco a Cristo, más tengo que desear anunciarlo; cuánto más hablo con él, más deseo hablar de él; cuánto más me he dejado conquistar, más deseo llevar a otros hacia él. “Y yo estaré siempre con ustedes”: Porque Jesús no se va, sino que permanece con sus discípulos. Su presencia es permanente. Qué gran consuelo y esperanza nos dejas Jesús: que no estamos solos, que vos estás realizando, en nosotros, y a través de nosotros la salvación para la cual fuiste enviado.
Con corazón salesiano
En 1859 Don Bosco reúne en la capilla del oratorio a varios de los primeros jóvenes que estuvieron desde el inicio con él. Ahí les ofrece el gran desafío de consagrarse totalmente a Dios por el Reino, estando entre los jóvenes. Esos mismos jóvenes, con Don Bosco, dan origen a la Congregación Salesiana. Desde entonces la Obra de Don Bosco fue creciendo y extendiéndose por todo el mundo.
A la Palabra, le digo
Te adoro Trinidad Santísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Te adoro aunque mi mente no puede alcanzar tu misterio de amor. Por eso, desde mis dudas, temores, cansancios y debilidades quiero invocarte. Te doy gracias por tu llamado de amor, porque me permites colaborar con tu obra y me das fuerzas para servirte. Enséñame a comunicar el estilo de vida de tu Evangelio y la belleza de tu Palabra. Amén.
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