La Palabra me dice
Los discípulos, que no aprenden, continúan en su pequeño mundo de intereses personales, en el que, además, las personas que no pertenecen a su grupo se pueden dejar al margen. Viven con Jesús, pero sus concepciones (¿no son también las nuestras muchas veces?) están tan arraigadas que no se dejan “contagiar” ni por contacto directo. Y Jesús viene, una y otra vez, a corregir su manera de situarse. En el Reino no tiene sentido perder el tiempo en discusiones sobre quién es el más importante. Las cuestiones de la superioridad sobre otros, del poder… pertenecen a concepciones de la vida que no tienen cabida en la propuesta de Jesús. Los importantes son siempre los más pequeños, los que no cuentan, los que no tienen voz (en este caso, los niños en el contexto de Jesús, cuya situación no tenía nada que ver con el lugar eminente y la superprotección que reciben en muchas de nuestras culturas actuales). Para Jesús, hacer el bien es el criterio que permite decidir quién está con Él. Los discípulos se creen con autoridad para... ¡impedir a los demás hacer el bien! Porque “no están con nosotros” El posicionamiento de Jesús es suficiente para que nos miremos a nosotros mismos, a nuestras comunidades, parroquias, grupos… ¿tenemos algo que cambiar? Que el Señor nos conceda la apertura de corazón y la disponibilidad para dirigir nuestros pasos hacia el horizonte que nos propone.
Con corazón salesiano
Frente a las peleas que pueden surgir, a la discusiones que plantea el pasaje del Evangelio por quien es el más grande, me venía al corazón la carta que Don Bosco escribe desde Roma en 1884, nos invita a la familiaridad, nos invita a amar lo que aman los jóvenes, nos invita a la alegría: “¿Qué hacer, pues, para romper esa barrera?". "Familiaridad con los jóvenes, especialmente en los recreos. Sin familiaridad no se demuestra el amor y, sin esta demostración, no puede haber confianza. El que quiera ser amado hace falta que haga ver que ama. Jesucristo se hizo pequeño con los pequeños y cargó con nuestras debilidades. He ahí el maestro de la familiaridad. El maestro al que se ve sólo en la cátedra es maestro y nada más, pero, si comparte recreo con los jóvenes, se hace como hermano. Si se ve a uno sólo predicar desde el púlpito, se dirá que no hace ni más ni menos que su deber, pero si dice una palabra en el recreo es la palabra de uno que ama. Cuántas conversiones provocaron algunas palabras suyas hechas oír de improviso al oído de un joven, mientras se divertía. El que sabe que se le ama, ama; y el que es amado, obtiene todo, especialmente de los jóvenes. Esta confianza introduce una corriente eléctrica entre los jóvenes y los superiores. Los corazones se abren y hacen conocer sus necesidades y manifiestan sus defectos. Este amor hace soportar a los superiores las fatigas, los tedios, las ingratitudes, las molestias, las faltas, las negligencias de los jóvenes…”.
A la Palabra, le digo
Jesús, hazme un misionero de tu amor, que ayude a los demás con un espíritu de alegría y humildad, sabiendo tener la apertura sencilla de un niño ante los demás. Ver en ellos lo bueno, lo que nos une, en vez de buscar defectos.
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