Evangelio del Dia

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Lunes 08 de Junio de 2026

Mt. 4, 25—5, 12

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»

La Palabra me dice


¿Nos dimos cuenta que antes que Jesús proclamara las excepcionales “Bienaventuranzas del Monte”, el evangelista Mateo nos entregó un mapa de Palestina? De esa manera podemos conocer la proveniencia de las personas que seguían las enseñanzas de Jesús, desplazándose desde sus lugares originales tras los pasos del Maestro. El seguimiento de Jesús nos pone en movimiento, también a nosotros que vivimos en sitios distantes a kilómetros y kilómetros de distancia. El origen de nuestro bautismo es importante. Por eso las “Bienaventuranzas de Jesús” ratifican nuestra vida de fe. La propuesta de Jesús se enmarca en lo cotidiano. Cuando Jesús pronuncia y comparte estas “Bienaventuranzas” lo hace mirando al pueblo, venido de distintos lugares. Hoy lo continúa haciendo mirándonos a nosotros, a cada una y a cada uno, en el corazón, invitándonos a ser pobres, misericordiosos y alegres.


Con corazón salesiano


Destaquemos dos “Bienaventuranzas” encarnadas en la vida de Don Bosco:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Don Bosco vivió una pobreza real desde niño. Tras la muerte de su padre, su familia atravesó momentos muy duros, incluso hambre. De adulto, eligió seguir siendo pobre para estar cerca de los jóvenes más necesitados. En Valdocco vivía con lo mínimo, pero lo compartía todo. Esto conecta profundamente con su estilo: No acumulaba, sino que confiaba en la Providencia y decía con su vida: “Dios proveerá”.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”. Don Bosco fue un verdadero padre para chicos abandonados, delincuentes o sin familia. Iba a las cárceles de Turín a visitar a jóvenes presos. Allí descubrió que muchos no eran malos, sino que nadie los había acompañado. Desde entonces decidió prevenir, no castigar. Aquí nace el Sistema Preventivo: basado en la razón, la religión y el amor. Su misericordia era concreta: dar oportunidades.


A la Palabra, le digo


Señor, haznos como Don Bosco:

con corazón pobre, misericordioso y alegre,

para ser signo de tu amor entre los jóvenes.”