La Palabra me dice
“Jesús entró en Jerusalén, en el templo”: Una de las características de este pasaje es el continuo movimiento de Jesús, expresado en la repetición alternativa de los verbos “entrar” y “salir”. Realmente el Señor viene continuamente a nuestra vida, entra en nuestros espacios, en nuestra experiencia, pasa, anda entre nosotros y con nosotros, pero luego se va, se aleja, se deja buscar y esperar, y vuelve de nuevo y se deja encontrar. ¿Tengo la tentación de querer encerrar a Dios en mis días? ¿Me animo a caminar sus pasos? “Sintió hambre”: El verbo usado por Marcos es el mismo que usan Mateo y Lucas al narrar las tentaciones en el desierto (Mt 4, 2: Lc 4, 2), y pretende concretar una situación de debilidad, de fragilidad, de necesidad, de cansancio. Jesús busca algo más que un simple alimento para calmar su hambre; no es a la higuera a la que pide algo fuera de tiempo, sino que pide a su pueblo, a nosotros, el buen fruto del amor, que se sirve en la mesa de la alianza, del sí pronunciado con fe y con confianza. ¿Cuáles son mis frutos? ¿Puede ser que me quede extasiado ante la flor, pero que me quede en eso sin buscar dar fruto? “Los que vendían y compraban”: La escena de la purificación del templo, que Marcos introduce entre los dos momentos del relato donde se hace referencia a la higuera, anticipando la maldición de ésta al no dar fruto, es muy fuerte y viva. Ahora se nos invita a prestar atención a verbos y vocablos como “echar fuera”, “volcó”, “no permitía”, “vendían”, “compraban”, “cambistas”, “vendedores”, “bandidos”, “transportar cosas”. Jesús inaugura una forma nueva de seguimiento, en la que “hemos sido rescatados no por dinero ni por regalos” (Is 45, 13) y “hemos sido liberados no a precio de plata y oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto y sin mancha” (1 Pe 1, 18-19). ¿Todavía está presente en mí una relación con Dios que se mueve más en la lógica del comerciante –te doy y me tenés que dar; para que me des, te tengo que dar? ¿Sé disfrutar de la gratuidad del amor de Dios? “La higuera seca hasta la raíz”: Realmente estos son los nuevos temas que las palabras de Marcos quieren proponer a nuestra meditación mientras seguimos la lectura del pasaje. Es necesario salir del templo para entrar en la casa, es necesario salir de la compraventa para entrar en el don de la confianza: el árbol sin fruto está seco y parece estar a nuestro paso sólo para indicar el camino nuevo que hay que recorrer, en una nueva mañana; un camino hacia Dios y hacia los hermanos. ¿Me animo a recorrer este camino? ¿Cómo está mi confianza en Dios? ¿Cómo está mi fruto que es el amor y el servicio a los hermanos? “Cuando se pongan de pie para orar, perdonen”: No puede ser de otra manera: en la vida del cristiano, el término y el iniciar de nuevo el camino de la fe y de la oración se concretan en la relación con los hermanos y las hermanas, en el encuentro con ellos, en el diálogo, en el don recíproco. No existe oración, ni culto a Dios, ni templo santo, ni sacrificio agradable a Dios, no existe fruto ni dulzura, sin el amor hacia el hermano y la hermana. Marcos lo llama perdón, Jesús lo llama amor, que es el único fruto capaz de saciar nuestra hambre, de aliviar nuestro cansancio. ¿Cómo está mi perdón? Repaso aquellas situaciones, personales y comunitarias, en las que todavía deben dar el fruto del perdón.
Con corazón salesiano
Más que “Institutos”, “Conventos”, “Colegios”, “Iglesias”, “Escuelas”, Don Bosco llamó ante todo a sus lugares, “Casas”, en vistas a lo principal que debiera animarlas: el espíritu de familia, que hace que “en un clima de mutua confianza y de perdón diario, se siente la necesidad y la alegría de compartirlo todo, y las relaciones se regulan no tanto recurriendo a la ley, cuanto por el movimiento del corazón y por la fe” (Const. Salesianas, 16) Así lo experimentó José Kowalski, salesiano polaco, junto con otros jóvenes animadores del Oratorio, que, por mantener con firmeza esta su relación con Dios fueron asesinados durante el nazismo.
A la Palabra, le digo
¡Yo sé que el Señor es Dios y por eso deseo seguirlo! Pero no yendo solo, sino abriendo el corazón a muchos hermanos y hermanas, ofreciéndome como amigo y compañero de viaje, para compartir la alegría y las fatigas, los miedos y el entusiasmo del camino; estoy seguro de que siguiendo al Señor seré feliz. Amén.
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