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05 de abril, 2016

Nuestra cotidiana “fiesta de Caná”

En el diario desarrollo de nuestras vidas, servicios y misiones estamos cada día como en una fiesta de bodas.

Mi querida Familia Salesiana, amigos y amigas de Don Bosco: quiero hablarles de una fiesta, de una Madre, de una necesidad y de un elemento simple pero esencial.

Una fiesta

El cuarto Evangelio comienza su “libro de los signos” con una fiesta; de bodas, para más datos. Por eso se refiere a un encuentro lleno de vida y esperanza, de espíritu de unión y de sentido de familia y de amistad. En ese tipo de eventos, todos se sienten como hermanos y hermanas, formando parte de la trama del pasado de los nuevos esposos, con sus propias raíces e historias de proveniencia. Además, todos gozan del momento con esperanza hacia el futuro de la nueva familia, de este nuevo árbol que, se espera, dé muchos frutos. Por lo tanto, se trata de una trama entre pasado y futuro, entre raíces y frutos.

También nosotros, Familia Salesiana, estamos como en una fiesta de bodas, cada día, en el diario desarrollo de nuestras vidas, servicios y misiones. Somos también un entramado de culturas, raíces e historias, y nos hace mucho bien celebrar nuestra amistad, porque nos llena de esperanza hacia el futuro de este árbol que continúa dando frutos de vida y santidad.

Una Madre

En Caná había una Madre, dice el Evangelio, la madre de Jesús. También hoy, en nuestras casas, hay una Madre: Ella misma, la madre de Jesús. ¿La ven? ¿La sienten? Ciertamente se encuentra aquí, de otra manera la fiesta no sería la misma. Ella está para cuidar, animar y, por qué no, para acariciar nuestra fraternidad. El artículo cuarto de la Carta de identidad de la Familia Salesiana dice que somos “una comunidad carismática y espiritual unida por relaciones de parentesco espiritual y de afinidad apostólica”. ¡Qué bella expresión! Y esta parentela tiene en su centro una Madre que es capaz de estar siempre atenta a los suyos, siempre con los ojos abiertos y vigilantes a fin de percibir las necesidades de sus pequeños, incluso si estos son ya mayorcitos. Así sucedió en las accidentadas bodas de Caná de Galilea. Ella advirtió a su hijo Jesús: “No tienen vino”. Y sin vino, terminada la fiesta.

Una necesidad

Es así: en el corazón de la fiesta, imagen de la vida y también de nuestra Familia, surge de repente una necesidad. Nosotros, parientes, amigos y amigas de Don Bosco, sabemos muy bien que el mundo de hoy tiene muchas necesidades. Nuestra pregunta debería ser: ¿cuánto más podemos hacer aunque, de hecho, ya hagamos tanto? Es importantísimo, diría que fundamental, aprender de nuestra Madre a estar atentos, a alzar la mirada, a no permanecer cerrados en nosotros mismos, en nuestras dificultades, en nuestros sufrimientos, sino siempre despiertos y vigilantes, con nuestros ojos amigablemente dirigidos sobre todo hacia los últimos, a los jóvenes para quienes hemos nacido y hemos sido enviados. No me cansaré de pedir una Familia Salesiana en salida de sí misma, de los muros de nuestras obras, con capacidad de ir más allá de sus mismos proyectos, programas, éxitos y comodidades.

Un elemento esencial

Al mundo, y también muchas veces a nuestras comunidades y familias, les falta el vino, es decir, la alegría y la fiesta de la vida que vale la pena ser vivida. Y nosotros, queridos hermanos y hermanas, ¡hemos heredado una bodega: nuestro carisma compartido!

Nuestro querido Don Bosco escribía en una carta al padre Costamagna, en ese momento inspector en Buenos Aires, lo que llevaba en el corazón. Me refiero a la carta escrita el 10 de agosto de 1885, y en ocasión de los próximos ejercicios espirituales de los hermanos. Entre otras cosas decía: “Además quisiera hacer yo mismo una predicación o mejor una conferencia sobre el espíritu salesiano que debe animar y guiar nuestras acciones y todo discurso nuestro. Que lo nuestro sea el sistema preventivo”. Y en otra carta, dirigida cuatro días antes a Juan Cagliero, que entonces era vicario apostólico de la Patagonia, se lee: “Caridad, paciencia, dulzura (...) hacer el bien a quien se puede, el mal a ninguno. Que esto valga para los salesianos entre sí, con sus alumnos y con los demás, de casa o de fuera”. Hemos dicho que sin vino no hay fiesta. Para nosotros, queridos hermanos y hermanas, el sistema preventivo es lo nuestro, por lo tanto, sin la vivencia del sistema preventivo no hay para nosotros espíritu —no recorremos juntos la aventura del Espíritu— y no hay verdadera vida salesiana: se acabó la fiesta.

Este vino no es fruto totalmente nuestro, sino que viene de recorrer el camino indicado por Jesús y animado por el Espíritu. Fue Jesús quien convirtió el agua en vino. Pero fueron los servidores quienes siguieron la invitación de la madre de Jesús y proveyeron el agua: un elemento simple, pero esencial y fundamental. Estemos atentos al “mandamiento de la Virgen” para dar de nuestra agua, aunque pueda parecer un pedido extraño. Pero, atención, que aquello que se nos pide, aun pareciendo simple y de poco valor en referencia a las necesidades y con el “vino” faltante, es de por sí esencial y fundamental. De hecho, para llegar a tener verdadera agua, necesitamos extraerla del pozo. Cuanto más hondo logremos llegar, un agua más pura surgirá, porque emana desde la profundidad de nuestro corazón y de nuestro ser.

Les he propuesto en el Aguinaldo un camino de profundidad para ustedes, para los jóvenes y para la gente a la cual hemos sido enviados. Este camino, que encuentran bajo el título Desafíos y propuestas, representa un doble movimiento: en profundidad y hacia el exterior. Vuelvo a enumerar sus pasos: Mirar dentro; Buscar a Dios; Encontrarse con Jesús; Ser de los suyos; Apropiarse de los valores fundamentales de la vida humana, como la familia, la amistad, la solidaridad, la eclesialidad y la vida como donación; y, finalmente, Madurar un proyecto de vida que responda a la llamada de Dios.

Una fiesta, una Madre, una necesidad y un elemento a entregar. Regalemos a muchos de lo que tenemos en nuestra bodega heredada del corazón de Don Bosco y dejémonos acompañar cada día por Ella, la Madre de Jesús, que cuida de nosotros y nos enseña a hacer lo mismo unos con otros.

Nuestra Madre Auxiliadora y Madre de la Iglesia nos ayude a caminar y a servir en cada ángulo de la tierra y “Con Jesús, a recorrer juntos la aventura del Espíritu”.

Por Ángel Fernández Artime, sdb; Rector Mayor de los Salesianos

Boletín Salesiano Marzo 2016