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15 de enero, 2015

Junto a la cruz

Un grupo de jóvenes rezando. Pensemos en unos segundos que lo están haciendo en torno a una silla eléctrica, o a una horca, o a una guillotina. ¿Qué diferencia tiene que se encuentren en torno a una cruz, un instrumento de tortura creado por los asirios y perfeccionado por los romanos? ¿Qué vemos los cristianos cuando miramos la cruz? ¿Qué hay de “rezable” en ello? Sin margen de dudas, un grupo de jóvenes rezando en torno a una cruz nos habla de la fe.

La fe ve allí donde muchos no llegan. La fe no observa una cruz, sino que percibe el amor infinito de Dios hecho hombre, que asume el sufrimiento humano para redimirlo, que no es más que devolverle la plenitud de la vida. En la cruz, además, contemplamos el dolor humano, de tantos hermanos que siguen cargando angustia y desesperación. La fe y el dolor —nunca al revés— están sintetizados en la cruz. El triunfo del amor por sobre toda manifestación de muerte.

Cuando rezamos nos ponemos frente al Padre, en su misterio de amor. Nos reconocemos hijos, discípulos y rogamos para poder amar más y mejor cada día. No somos ingenuos, sabemos que el amor conlleva dolor, pero no lo buscamos, no lo queremos y luchamos por evitarlo. La cruz nos manifiesta con claridad la culminación de una vida ofrecida, no un camino de inicio.

Domingo Savio ponía piedritas en sus zapatos para “sufrir por Jesús”. Don Bosco le dice que la santidad en Valdocco consiste en estar siempre alegres. Domingo miraba la cruz de Jesús, Don Bosco miraba al Jesús de la cruz. Es una lección de vida para todos los cristianos. Vivimos la alegría del Evangelio, porque estamos convencidos que el amor es más fuerte que la muerte. El amor es tan poderoso, transformador y revolucionario que de las mismas fauces de la muerte arranca vida.

Un grupo de jóvenes rezando junto a una cruz mantiene viva nuestra esperanza.

 

Por José Luis Gerlero