NOTICIAS

08 de enero, 2016

Hay que seguir animando, nomás

El presente de quien animó durante doce años la Congregación, su visión sobre la educación y su esperanza en los jóvenes.

Hace más de veinte años que la Familia Salesiana no contaba con la gracia de tener un Rector Mayor emérito. Así lo entendió Don Ángel Fernández, y así se lo propuso a Don Pascual Chávez, quien tras doce años de servicio como Rector Mayor hoy pone toda su experiencia al servicio de la Congregación. En una agenda con fechas programadas hasta 2018, Don Pascual estuvo en la Argentina predicando ejercicios espirituales, y compartió con el Boletín Salesiano la actualidad de su pensamiento.

Don Pascual, ¿donde conoció usted a Don Bosco?
Mi historia comenzó cuando estaba en el colegio salesiano, en el norte de México. Dado que mis hermanos mayores me habían precedido en el colegio, yo ya conocía a Don Bosco y a María Auxiliadora. Después el ambiente de alegría, de cercanía de los salesianos con los jóvenes, la forma en que se realizaban las grandes fiestas; todo me hacía sentir en casa. Ese es el elemento que mejor define a la vida salesiana, cuando sientes que estas en casa, en familia, entre los tuyos. Además, la obra estaba llena de salesianos. Era muy normal ver más a los salesianos que a los profesores laicos. El contacto directo con ellos fue fundamental, la palabra con la que te reciben cada día cuando llegas, cuando estas, cuando te sientes solo.
Después, antes de morir, mi madre me dijo que siempre había querido un hijo sacerdote. Yo le dije: “yo soy el hijo que has pedido”. Finalmente el 9 de marzo, en la fiesta de Domingo Savio, dije “quiero ser salesiano”.

Como Rector Mayor tuvo que afrontar situaciones de salud muy delicadas. ¿Cómo es estar dispuesto a dar todo por los demás, y a la vez cuidarse uno mismo?
Yo había aprendido de Don Viganó —Rector Mayor entre 1977 y 1995— que si no te cuidas tú, nadie te cuidará. Ya como provincial me decía que “los hermanos quieren verte en forma. A ellos no les importa si estás cansado, si vienes de varios días de un trabajo intenso o de preocupaciones muy grandes. Ellos te quieren ver como si estuvieras solamente para ellos. No les hagas sentir el peso que tu llevas”. Esto significa que tienes que tener mucho cuidado en tu vida espiritual, a nivel de salud y a nivel cultural e intelectual. Si no te mantienes intelectualmente actualizado, te vas volviendo cada vez más obsoleto. Y para alguien que tiene la responsabilidad de guiar una Congregación de educadores, sería una gran irresponsabilidad.

¿En alguna ocasión de su servicio como Rector Mayor se sintió solo?
Yo creo que la congregación sobre esto, después del Concilio Vaticano II, es muy clara: la autoridad, y por lo tanto la responsabilidad, es personal. Por otro lado, son importantes dos grandes elementos para no sentirse solo. Primero, tener personas con quien compartir. En mi caso, el vicario siempre fue la persona con la que podía contar. Y la otra cosa, la oración. Yo creo que el punto más importante es la oración; porque es ahí donde tienes tú que madurar opciones, decisiones y sentir la libertad interior y la audacia que a veces se necesita para ir adelante.

¿Como continúa la actividad de quien fue Rector Mayor?
Hay una cuestión que tiene que ver con mi edad: he terminado de ser Rector Mayor a los 66 años, edad en la que Don Vecchi fue elegido, y en diálogo con Don Ángel, él veía que lo mejor era que pudiera seguir ofreciendo un servicio de animación. Son doce años que tienes de experiencia, una formación que me dio la Congregación de estudios de Sagrada Escritura, haber sido por seis años presidente de la Unión de Superiores Generales; todo esto te da una visión que no puedes quedarte para ti solo, que es importante compartirla.

¿Cómo ve hoy a los jóvenes de América Latina? ¿Qué les diría?
Por una parte, pienso que los medios de comunicación social van haciendo que los modelos de jóvenes, más o menos, vayan siendo iguales en todo el mundo: más sensibles a ciertos valores, más reacios a lo que fueron valores en otro tiempo. Por otra parte, es claro que estamos viviendo una sociedad “líquida”, poco consistente, con una gran fragilidad, que lleva a que frente a un fracaso o un problema, la persona ahora se rinda más fácilmente.
Cuando yo hablo a los jóvenes, intento transmitirles cinco cosas. La primera es que la juventud es un don, un regalo para ti mismo; significa que tienes en tu mano la posibilidad de ser lo que tú quieras. Eso es grande, es poder ser arquitectos de nosotros mismos y eso no lo tiene ni un niño, ni un adulto. No pueden desperdiciar esta etapa diciendo “soy joven, cuando sea adulto tomaré las decisiones”: no hay que olvidar que el futuro no es más que el desarrollo del presente.
La segunda cosa es que no se puede perder el tiempo en quejarse de todo el mal que hay en Argentina, en América Latina, en el mundo. ¿Qué cambias con quejarte? ¿Quieres cambiar el mundo? Comienza a cambiar por ti mismo, el cambio comienza por ti. Es muy fácil decir “cuando cambie el mundo, cambio yo”. Es la mejor forma de no ser responsables. No debes vivir lamentándote, tienes que tomar opciones valientes.
La tercera cosa que les digo es que todos caminamos sobre esta vida, pero no todo el mundo deja huellas. En la vida hay que caminar dejando huellas, para que otros las puedan seguir y que sirvan de orientación.
Si quieres lograr estas tres cosas es importante —cuarta cosa— nadar contracorriente. Porque es muy fácil dejarse llevar por la moda, la cultura, el ambiente. Pero hay que aprender a nadar contracorriente en la vida. De otra forma, tu manera de ser, de pensar y de actuar será la que otros determinan. Nunca serás tú mismo, serás lo que otros quieren que tú seas. Un consumidor y un espectador, pero nada más. No un protagonista.
Última cosa: si queremos que todo esto sea realidad hay que tener sueños realmente grandes. Cuando tienes un gran ideal, no importa las dificultades que puedas encontrar, tienes el sentido de la vida, que te permite ir adelante.

¿Cuáles son los desafíos de los educadores frente a estos jóvenes?
Los educadores hoy tienen que aprender a escuchar más que a tener respuestas. El joven hoy necesita ser escuchado, hasta con un sentimiento religioso. Hay que tratar de entender qué es lo que tiene en la mente y en el corazón. Y como educadores debemos creer en una educación que se funda en la esperanza de las posibilidades del chico. No decir “qué cosas puedo hacer con el chico” y ya desde el punto de partida prácticamente excluir, discriminar, despreciar, sino creer en el poder que tiene la educación, la posibilidad de formar hombres con una gran iluminación intelectual, una gran bondad del corazón y un gran desarrollo de habilidades. Y sobre todo, formar un ciudadano que esté interesado no solamente en el éxito personal, sino en el bien común.

Como Familia Salesiana estamos muy ansiosos y alegres por festejar el Bicentenario del nacimiento de Don Bosco, pero después de este gran festejo, ¿qué viene? ¿Cómo seguir?
Cuando era Rector Mayor decía que no quería que el festejo del Bicentenario se convierta en una fiesta de fuegos artificiales. Porque, si es así, será el mayor fracaso que he producido. Este jubileo ha sido cuidadosamente preparado; basta pensar en el viaje de la urna de Don Bosco, en el ciento cincuenta aniversario de la fundación de la Congregación, en el centenario de la muerte de Don Rúa, en el trienio de preparación —conocer a Don Bosco, actualizar su pedagogía, asumir nuestra espiritualidad—. Entonces no podemos desperdiciarlo en fuegos artificiales. Y sabremos si realmente dio el fruto esperado si el 16 de agosto de 2015, mientras celebramos los doscientos años de su nacimiento, cada miembro de la Familia Salesiana es capaz de decir “quiero ser Don Bosco para los jóvenes de hoy”.

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros redaccion@boletinsalesiano.com.ar