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22 de enero, 2016

“Don Bosco fue lo mejor que nos pudo pasar”

Pepe Soriano: reconocido actor argentino, explorador de Don Bosco de Buenos Aires.


Al prolijo compás de la banda, los exploradores avanzan por las calles del barrio porteño de Palermo. En la esquina de la avenida Dorrego, un hombre mira emocionado el espectáculo: es Pepe Soriano —consagrado actor de cine y teatro, recordado por sus interpretaciones en La Patagonia rebelde o La nona—; por un momento, vuelve a ser aquél chico que, orgulloso, le pedía a su madre que le ponga el moño blanco de la primera comunión en el uniforme de los Exploradores. En una zona entonces marginal —sin negocios, torres ni estudios de televisión—, el batallón del colegio León XIII reunía a los chicos del barrio: “Brindaba contención y sacaba a los chicos de la calle”, comenta Soriano desde su casa de la calle Amenábar, la misma en la que nació hace 86 años.

¿Cómo llegó a los Exploradores?
Un vecino me invitó. Yo tenía cinco años. Los martes, jueves, sábados y domingos estaba en Don Bosco, donde me encontré con chicos del barrio que no conocía. Allí hice amistades que duran hasta hoy. Afectivamente, fue un lugar de lujo. Era un mundo mucho más simple, puro e ingenuo que el de hoy. El barrio era distinto. Si no estábamos en el colegio, estábamos jugando a la pelota en la vereda. La calle era el patio, y el barrio la familia. Y una vez por mes salíamos a desfilar con el batallón.

¿Qué actividades realizaban en el batallón?
Había distintas compañías: ciclistas, comunicaciones —que usaba banderas para hacer señales y palomas mensajeras que llevábamos en jaulitas. Se les ponía un mensaje, y cuando llegábamos al centro venían volando hasta acá, donde les sacaban el anillito con un mensaje—. Había también enfermería, ingeniería, banda de música. Los domingos íbamos a Misa, y a la salida te daban un boleto para ir al cine a la tarde. Una vez por año hacíamos un campamento. Nos levantábamos con la trompeta, íbamos al izamiento de la bandera, hacíamos media hora de gimnasia, luego el mate cocido, y de allí a los juegos. Después, a eso de los 12 años, se nos permitía quedarnos en el fogón con los cooperadores, los curas y los más grandes, que a lo mejor tenían 18 o 19 años. Eso era un privilegio. En ese grupo de exploradores había una enorme amistad. El colegio fue lo mejor que nos pudo ocurrir, porque allí aprendimos la solidaridad, el afecto y la entrega.

¿Recuerda a algún sacerdote en especial?
Al padre Ricardes, que se arremangaba la sotana y jugaba al fútbol con nosotros. Un día se agarró a piñas con un tipo y se ganó el prestigio de todos los muchachos. También recuerdo a Abraham, a Ventura y a Larrañaga. Una alegría muy grande para nosotros era que los curas se nos parecían mucho. Yo diría que eran lo que después se llamó “curas del tercer mundo”, de los pobres, porque este era un barrio de gente muy humilde.

¿Siguió vinculado con los Exploradores?
Entré dos o tres veces al colegio, de grande, cuando regalé un día de trabajo para levantar un aula. Cuando empecé la Facultad cambió mi vida. Entré al teatro universitario. Y me dediqué a eso. Hoy sigo con las ideas comunitarias. Soy presidente de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (Sagai), que gestiona los fondos provenientes de los derechos de propiedad intelectual de las interpretaciones de actores y bailarines. Tenemos obra social, cursos, una revista. Pero sigo trabajando con aquello que aprendí en el barrio. Yo sigo viviendo en la calle Amenábar, a la vuelta de Don Bosco. Hay mucha gente que se fue de donde vivía porque le daba vergüenza. Vienen del barro, pero se olvidaron. Yo no me olvidé.

Por Santiago Valdemoros • redaccion@boletinsalesiano.com.ar