La Palabra me dice
La conmemoración de todos los fieles difuntos que recordamos el 2 de noviembre puede ser un buen momento para reflexionar comunitariamente frente al misterio de la muerte, a la concepción que de ella tenemos, para reafirmar nuestra fe y nuestra esperanza en la “resurrección de los muertos”, que mencionamos en el Credo, y así vigorizar el sentido pascual de la muerte. ¿Cómo tomo este día? ¿Es un día que más bien quiero evitar, no lo encuentro sentido, o se me pasa como una fecha más? Veo a la muerte como una transformación profunda y misteriosa de la persona, el tránsito de una corporalidad restringida a un fragmento del mundo a otra corporalidad liberada, ya no prisionera del espacio-tiempo. El texto no habla “cómo” fue, simplemente se nos manifiesta que “realmente aconteció”. Si bien la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su lejanía, mediante la fe y la oración experimentamos una más íntima comunión con ellos. Siguen estando presentes en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Trinidad. Repaso con cariño los nombres de las personas queridas que hoy ya no están físicamente junto a mí. La resurrección supera la muerte manteniendo la unidad de la persona, un ser que, además de ser uno es esencialmente social. Es la resurrección del hombre entero después de la muerte, en una forma cambiada, pero permaneciendo la misma identidad. La esperanza de los cristianos se apoya en la intervención poderosa de Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos. Identifico aquellos momentos de mi vida en que he pasado de la muerte, en diferentes aspectos de mi existencia, a la vida. Como consideremos la muerte, estaremos considerando la vida. Si la muerte es el final de todo (como las clásicas columnas tronchadas que se ven en algunas tumbas), pues bien, entonces todo lo que hacemos cae en un sinsentido, y todos nuestros ¿para qué? tendrían respuestas similares: para nada. Sólo la esperanza profunda cimentada en el Resucitado da un nuevo sentido a nuestra existencia: no nacimos para morir, sino para vivir, y para vivir-bien-siempre. Este es el sueño del Dios-Amor para cada uno y para todos nosotros. ¿Comparto este sueño de Dios?
Con corazón salesiano
Los "sueños" de Don Bosco anidan en una fértil imaginación que lo lleva a soñar y mirar más allá, fundamentado en la fe del Dios de los Vivos. Sueños en los que muchas veces recorre el Oratorio, las Misiones en Argentina, las diversas obras salesianas, junto a jóvenes que ya han muerto, mostrando así que la unión con ellos se prolongaba más allá del tiempo en que compartían lugares y presencia física común.
A la Palabra, le digo
Me detengo un momento en el tema "Canción de Madrugada", del P. Eduardo Meana, https://youtu.be/jc5eiltWlUA
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