La Palabra me dice
En el capítulo 18, el evangelista Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad. El evangelio nos advierte que no parte de una comunidad de “perfectos”, sino de una comunidad de hermanos que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos. En todo el evangelio de Mateo no se encuentra un sólo dato que haga pensar en una autoridad que toma decisiones. Tampoco se habla en ninguna parte del Nuevo Testamento de una obediencia a ningún superior. Teniendo en cuenta los textos y el contexto, podemos concluir que son las personas individuales las que tienen que acatar el parecer de la comunidad y no al revés, como a veces se nos quiere hacer ver. El ser humano se constituye en humano por sus relaciones. Por eso el construir comunidad implica también el desafío del perdón, de la corrección, de la oración común.
Con corazón salesiano
En una de sus numerosísimas cartas, Don Bosco aconseja a una bienhechora acerca de unos conflictos que tiene en su familia: “Usted dice que hasta ahora no se ha conseguido, me dice que una tribulación de familia, que no sé cual es, pero aquí lo que le puedo decir de positivo: Continúe rogando y resígnese a la voluntad divina. La tribulación camina a su fin. Hay cosas que ahora parecen espinas y que Dios cambiará en flores. Una mirada al Crucifijo y un ‘hágase tu voluntad’; es lo que Dios quiere de usted. Entre tanto acepte este consejo: las llagas en familia se deben medicar, no amputar. Disimular lo que disgusta, hablar con todos, y aconsejar con caridad y firmeza, es el remedio con que usted curará todo.”
A la Palabra, le digo
Dios de Misericordia, regálanos un corazón semejante al tuyo para que podamos crecer en el perdón mutuo y alentar vínculos de familia entre nosotros. Amén.
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