La Palabra me dice
Qué modo tan hermoso y particular tiene el Señor de hablarnos con parábolas, con palabras sencillas, con imágenes que puedan quedarse grabadas en nuestra imaginación. Qué bien conoce el Señor nuestra humanidad y nuestro modo de aprender, nuestro modo de apropiarnos de las cosas importantes, lo que nos interesa y lo que cautiva toda nuestra atención. Hoy nos presenta dos imágenes preciosas: la semilla de mostaza y la levadura. Dos elementos pequeños que luego crecen hasta su máxima capacidad. Y crecidas en su capacidad total se tornan un don para los demás: la semilla se hace árbol para muchos pájaros, la levadura se hace pan para ser comido por muchos. Y te invito a prestar atención a estos dos elementos porque tanto para la semilla de mostaza como para la levadura para dar su máximo potencial necesitan de un entorno que las despierta y las haga crecer: La semilla de mostaza necesita tierra, humedad, luz, y tiempo para crecer y desarrollarse… y la levadura necesita un recipiente, harina, agua calentita, y tiempo para aumentar y disponerse a ser pan… Qué bonito pensar la vida desde esa lógica, la VIDA tiene un potencial único pero necesita de un corazón y de un entorno que la ayude a vivir con plenitud. Jesús nos llama a acompañar a poner ese corazón y preparar ese entorno para cuidar y hacer crecer la VIDA, la nuestra, la de todos.
Con corazón salesiano
Y es un trozo de evangelio tan salesiano, porque Jesús se muestra un educador. Creo imaginar que Don Bosco y Maín hablaban así a los muchachos y a las chicas de Valdocco y de Mornés, hablaban con sencillez, tocaban el corazón con sus palabras, despertaban curiosidad por los significados más profundos e invitaban a soñar con horizontes amplios y de entrega. La semilla y la levadura son elementos muy salesianos, los dos hablan de procesos, de tiempos, de esperas, de entornos, de ambientes, y de frutos para transformarse en un don para los demás. Como Madre Mazzarello y Don Bosco nosotros también hoy estamos llamados a seguir sembrando semillas de bondad, de esperanza, de amor y entrega entre los niños y jóvenes de nuestras presencias para que se vuelvan “árbol”-casa para muchos. Y también estamos llamados a preparar el ambiente para que la levadura pueda crecer hasta su máxima capacidad, es decir, preparar la casa para que el bien, la bondad, el servicio, la paz, el amor crezca entre los pibes y con ellos ser misioneros de alegría y esperanza.
A la Palabra, le digo
Señor, hacé de mi vida esa levadura silenciosa que penetra, crece y transforma. Así como el fermento se mezcla con la harina y eleva toda la masa, concédeme la gracia de integrarme en el servicio diario. Que mis palabras y acciones no busquen destacar por sí solas, sino impregnarlo todo con tu amor, tu compasión y tu paz. Dame la sabiduría para servir con alegría, paciencia y entrega desinteresada, para que, desde mi lugar en la familia, el trabajo o la comunidad, pueda ser un fermento vivo que transforme el entorno. Que mi servicio leude la vida de quienes me rodean y construya tu Reino. Amén
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