La Palabra me dice
¡Qué bonito mensaje nos regala esta Palabra! Nos recuerda que somos verdadera familia de Jesús, si como María, hacemos la voluntad de Dios. Ella, María es la primera que acepta los designios de Dios, y es por eso Jesús, nos invita en esta Palabra a superar la mirada meramente humana y quedarnos en los vínculos de la sangre o la cultura. Hay una razón más profunda que nos hermana y hace familia de Jesús, que nos enseña a cumplir la voluntad de Dios. Cuánto mejorarían nuestros vínculos y relaciones en las comunidades si viviéramos más en profundidad la voluntad, el querer de Dios, más que nuestras relaciones de simpatía, o de poder en nuestras realidades pastorales.
Con corazón salesiano
Roma, 10 mayo 1884 Mis queridísimos hijos en Jesucristo: Cerca o lejos siempre pienso en ustedes. Uno solo es mi deseo: el de verlos felices en el tiempo y en la eternidad. Este pensamiento, este deseo me animaron a escribirles esta carta. Siento, queridos míos, el peso de la lejanía de ustedes y no verlos y no oírlos me ocasionan una pena que no pueden imaginar. Por eso habría deseado escribirles esta carta hace una semana, pero las continuas ocupaciones me lo impidieron. Sin embargo, aunque faltan pocos días para mi vuelta, quiero anticipar mi ida entre ustedes, al menos por carta, al no poder hacerlo en persona. Son las palabras de quien los ama tiernamente en Jesucristo y tiene el deber de hablarles con la libertad de un padre. Y ustedes me los permitirán, ¿no es verdad? Y me prestarán atención y pondrán en práctica lo que voy a decirles. He afirmado que ustedes son el único y el continuo pensamiento de mi mente. Pues bien, una de las noches pasadas, me había retirado a mi habitación y, mientras me disponía para ir a descansar, había empezado a decir las oraciones que me enseñó mi buena madre.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, hoy me acerco a Ti con el deseo de acortar las distancias. Gracias por enseñarme que los lazos que nos unen a Ti no dependen de la sangre o del apellido, sino del latido de un corazón que busca obedecer al Padre. Ayúdame a: Escuchar con atención Tu voluntad en medio del ruido cotidiano. Actuar con coherencia, para que mis manos reflejen lo que mi fe profesa. Reconocer a mis hermanos en cada persona que, como yo, intenta caminar hacia el cielo. Amén.
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