La Palabra me dice
Señor, no soy digno de que entres en mi casa… ¿Qué descubrimos detrás de esta respuesta del centurión? Entre otras cosas: conciencia de su pequeñez y una infinita confianza en la palabra de Jesús. El no considerarse digno de que Jesús entre en su casa habla de la conciencia que tenía de sí mismo. Yo soy pequeño delante de la grandeza del Maestro, yo soy pobre frente a la riqueza de su poder, yo soy débil frente su fuerza divina… Esa clara conciencia de pequeñez fue admirada por Jesús… También la fe y la confianza manifestada por aquel soldado romano. Sin duda que “la pequeñez” es una cualidad bendecida por Dios. María, al visitar a su prima lo dejó en claro también: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Aquí tenemos por delante un buen desafío humano y espiritual.
Con corazón salesiano
Don Bosco tuvo conciencia, desde pequeño, que su talón de Aquiles era su orgullo. Lo dejó explícito en las “Memorias del Oratorio”. Sin embargo, a lo largo de su vida experimentó la presencia de “la Maestra” que Jesús le había dejado y pudo realizar un buen trabajo interior para ir cambiando su propio corazón. Que al final de su vida haya podido decir: “Todo lo hizo María Auxiliadora”, corriéndose del centro y reconociéndola a Ella como autora de todo lo que pudo hacer, habla del proceso espiritual que realizó con verdadero esfuerzo personal.
A la Palabra, le digo
El salmo 130 nos puede ayudar a rezar: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre”. Amén
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