La Palabra me dice
“Permanecer” y “Amar” son la clave. Ambos conllevan resultantes interesantes para poder aplicar a nuestro texto. Permanecer habla de “quedarse, estar ahí”; Amar, en cambio, supone “viajar, moverse, partir hacia el otro”. Estas dos claves nos sitúan por un lado en una dimensión contemplativa y por otro lado a una dimensión activa del corazón que nos moviliza y nos lanza. Permanecer en el Amor es permanecer en Cristo de un modo habitual, de un modo permanente y de un modo constante, que se extiende a toda la vida, que se hunde en lo profundo del espíritu y que se consolida en la interioridad. “Como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” y “Observar sus leyes”: son dos modos de observar la ley del amor, que por cierto requiere despojarse de uno mismo y desapegarse, porque pide un estilo nuevo y a su vez exige disponerse, porque abre un camino nuevo. Para esto es necesaria convicciones lúcidas, sinceras y seguras. Jesús demuestra su amor a los discípulos comunicándoles la fuerza de su amor. “El Amor me reconduce a mis profundidades y me trae como regalo la alegría”: El Amor trae como regalo la Alegría. Es el brillo del Amor, el resplandor del Amor. Alegría pascual, tan distinta a las alegrías del Mundo. Esta es otra alegría: sólo el que vive dando la vida la conoce. Nace desde dentro y desde abajo, manantial florido al pie de la propia cruz de amor. El mandamiento del Amor me reconduce a mis profundidades, llama a mi ser, golpea mi puerta más cerrada. En ese sentido, este mandamiento me sacude, me descoloca, me reactiva como a un viejo volcán dormido que de pronto se revela joven y vivo aún. Agradezco al Señor el fruto de este amor pascual: la alegría.
Con corazón salesiano
“Al ser amados en las cosas que les agradan, participando en sus inclinaciones infantiles, aprendan a ver el amor también en aquellas casas que les agradan poco, como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos y que aprendan a obrar con generosidad y amor” (Extractos de la Carta desde Roma de 1884, sobre el estado del Oratorio).
A la Palabra, le digo
Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, has hecho renacer nuestra esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva; te pedimos que nos hagas apasionados seguidores de su Causa, de modo que sepamos transmitir a nuestros hermanos, con la palabra y con las obras, las razones de la esperanza que nos sostiene. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. |