La Palabra me dice
“María… llorando junto al sepulcro”. Como primera testigo de Jesús resucitado, María nos invita hoy a vivir junto a ella esta experiencia creyente junto. No es fácil creer que alguien que ha muerto, ahora vive. Hay mucho llanto en sus ojos (cuatro veces mencionado). Quizás este llanto es de dolor y de angustia por haber perdido al Maestro, llanto que expresa la búsqueda de un cuerpo que ya no está en el sepulcro, que ya no está como ella lo imagina. ¿Lágrimas de falta de fe y de esperanza? ¿Lágrimas que no dejan ver porque están más centradas sobre su dolor que sobre la palabra del Maestro? Pero también lágrimas de amor, de búsqueda; signos que señalan hacia dónde está orientado su corazón. “Vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció”. Ver y no reconocer… La experiencia del Resucitado requiere ojos nuevos, corazón nuevo, como totalmente nueva es su vida. ¡Cómo cuesta cambiar la mirada aprisionada en un esquema interior que la condiciona! ¡Cómo cuesta hacer limpios y puros a nuestros ojos purificando en primer lugar la fuente de su luz: nuestro corazón! “Jesús le dijo: «¡María!»”. La palabra de Jesús llega a lo más hondo de su alma. Ese nombre pronunciado de esa manera sólo puede provenir de alguien que la conoce hasta lo más profundo, de alguien que al nombrarla le ama, le devuelve su identidad y la hace capaz de mirar con ojos límpidos. “Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!»”. El velo que cubría su mirada cayó. Ese que ahora tiene delante no es el jardinero sino “su Maestro”, su amado. La fe produce un cambio radical: del llanto pasa a una explosión de alegría. María me invita a hacer este camino de fe; a dejarme cambiar el corazón por la palabra del Maestro; a comenzar a ver con ojos nuevos que me permitan descubrir la presencia de Jesús resucitado junto a mí. A creer que su vida es más fuerte que toda muerte. Y a llevar este anuncio a mis hermanos.
Con corazón salesiano
Don Bosco es un creyente que ha descubierto la fuerza de la resurrección y que tiene su luz en el corazón. Luz interior que, como afirman varios contemporáneos, le permitía ver-comprender, hasta las conciencias de los jóvenes. El carisma salesiano es un anuncio de vida nueva y de resurrección para los jóvenes.
A la Palabra, le digo
Raboní. Maestro. Mi maestro. Hoy quiero llamarte así con María Magdalena. Purifícá mi mirada para que pueda reconocerte presente en todos los acontecimientos de este día. Apartame del lugar del “llanto” que cierra mi alma y me concentra sobre mi dolor. Que deje de mirarme a mí mismo y pueda reconocer tu voz cuando pronuncies mi nombre. Que intente vivir hoy totalmente concentrado en tu presencia de Resucitado en medio de nosotros. Quiero sentir que tu presencia es la fuente de mi alegría sustancial. Y haceme testigo y comunicador de tu resurrección. |