La Palabra me dice
“… sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre”. Entre las cosas más bonitas que nos ha enseñado Jesús, cuando estuvo con nosotros es que Dios es Padre. Su Padre y Padre nuestro. El modo de vivir la religión que había en Israel no tenía mucho en cuenta esta realidad. Acentuaba más bien la parte legal, el cumplimiento de la ley mosaica y de las tradiciones que se fueron adosando a lo largo de los años. El culto antes que acercar corazones, los alejaba, generando temor por el castigo divino si no se lo cumplía. La fresca novedad de Jesús escandaliza a las autoridades religiosas, pero trae salud a los corazones heridos y enfermos del pueblo. Que Dios sea Padre, y que nos habilite a vivir como hijos e hijas, con libertad y confianza, sigue siendo hoy algo difícil de entender para muchos cristianos. Nos gusta más la idea de juez, del que está pronto a corregir (y castigar) al que no hace bien las cosas, o a los que no viven de acuerdo a ciertas normas. Nos sale pensar: “ya vendrá el castigo divino”. Pero Jesús insiste. Aunque genere escándalo, aunque no se entienda o se mal interprete, insiste: Dios es PADRE, nosotros sus hijos. Y estamos invitados a vivir este vínculo con Él como tales.
“… los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio”. El Hijo de Dios, Jesús, tendrá a cargo el juicio al final de la historia. Y por lo dicho aquí se trata de sencillo: los que hacen el bien, irán a al Vida; los que hacen el mal, irán al juicio. En palabras de San Mateo es lo mismo: los que hayan sido capaces de amar al prójimo, gozarán de la Vida eterna, y los que no hayan sido capaces de amar a su prójimo, al fuego. Claro que hacer el bien, amar… es sencillo, pero, ciertamente, no es tan fácil. Lleva su cuota grande de cruz.
Con corazón salesiano
Don Bosco aprendió la bondad de Dios Padre con ayuda de su mamá. A la noche cuando rezaban le iba contando tantas cosas bellas que hace Dios por nosotros y para nosotros. Juanito fue dándose cuenta de esta verdad y poquito a poco la fue compartiendo con los chicos y vecinos de su comarca. Él mismo que experimentó en carne propia lo que es no tener papá, trató de serlo para un sin fin de muchachos, que llegaban a Turín sin nada y sin nadie que se ocupara de ellos. Y en el patio de Valdocco les mostró la paternidad de Dios en muchísimos detalles. El que creció huérfano, les pedía a sus muchachos: “Llámenme siempre padre”. Y pudo reflejar, para esos chicos, el rostro misericordioso del Padre de todos. Y les hablaba de lo que nos espera al final del camino de la vida: el cielo. Y los invitaba a ser buenos y hacer salir de sus corazones las mejores energías de vida que Dios les había regalado. El oratorio salesiano fue, y sigue siendo, ese espacio de vida donde podemos hacer experiencia del amor grande que el Padre Dios tiene por sus hijos e hijas más pequeños/as y en donde podemos realizar juntos un camino de santidad: “viviendo en alegría y haciendo bien las cosas que tenemos que hacer, como Jesús lo quiere”.
A la Palabra, le digo
Padre Dios, enséñanos a vivir como hijos tuyos, en libertad y con confianza. Que sea ése el rostro tuyo que les mostremos y contagiemos en el corazón de los adolescentes y jóvenes con los que vamos compartiendo la vida. Ayudanos a realizar junto a ellos el camino que nos conduce a la santidad, al Amor. Amén.
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