La Palabra me dice
“Jesús partió hacia Galilea”. Vuelve a su tierra, a su gente, a su familia, con sus paisanos. En este relato de Juan, Jesús es bien recibido. No pasa igual en los sinópticos, donde Jesús es cuestionado y no puede hacer muchos milagros a causa de la falta de fe en Él. Lo cierto es que vuelve a Galilea. ¿Necesitará encontrarse con los suyos? Me gusta pensar que sí. Todos necesitamos volver a esos lugares donde somos amados, reconocidos, valorados, por lo que somos y no tanto por lo que hacemos o tenemos. Jesús necesitaba también encontrarse con su familia y su gente. Era un ser humano como nosotros. La dinámica de la encarnación supone, también, cuidar los afectos, la familia, el calor del hogar.
“Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún”. Al no poder pasar desapercibido, le llega gente con necesidades de salud. En este caso un papá que pide por su hijo. Y si bien expresa un reproche en voz alta, le concede la gracia que pide. Bastó la palabra de Jesús para que el hombre creyera. Y esa fe llevó salud a su hijo. Y esa fe la contagió a toda su familia. El compartir la fe con otros hace engendrar confianza en Dios en los demás que escuchan. La fe se transmite por el oído. Eso que vemos y escuchamos de Jesús, es lo que debemos compartir con nuestros hermanos.
Con corazón salesiano
Nuestro padre don Bosco también necesitaba compartir con su familia y sus paisanos. Sólo o con sus chicos iba con cierta frecuencia a los campos de I Becchi a retroalimentar su mente y corazón. No por nada llevó a su propia madre a Valdocco. Además de haber una razón preventiva, también hubo, creo, una razón del corazón humano que necesita del apoyo incondicional de la mamá en este caso. Es bonito pensarlo así también. Y la fe en Jesús y en la Virgen, vivida y compartida en Valdocco por don Bosco, ayudó a que fueran muchos los adolescentes y jóvenes que se animaran a seguir al Maestro que da Vida eterna. Una fe transmitida con sencillez, en espíritu de familia, con rostro alegre, animando, sosteniendo y acompañando la vida de cada muchacho que llegaba al oratorio en busca de una casa, de un patio, de alguien que lo quiera bien. La vida de nuestro padre fue un verdadero signo del inmenso amor que Dios tenía por esos muchachos. Lo fue… Y lo sigue siendo.
A la Palabra, le digo
Gracias Señor por el don de mi familia, gracias por esos espacios donde puedo experimentar el cariño, la fuerza, el ánimo de los míos. No serán quizá los más perfectos, pero son los que necesito para seguir andando, caminando, madurando. Gracias por el don de la fe, gracias por haberla recibido como regalo. Que me anime, Señor, a compartirla con otros, especialmente con los adolescentes y jóvenes que me voy encontrando en el camino de la vida. Amén. |