La Palabra me dice
La primera criatura que Dios creó desde su infinita paleta de colores fue la luz. Y en la luz los discípulos pudieron tener esta visión. Tan intenso fue su resplandor que se sintieron invadidos por una gran alegría. Fue en el monte y fue cuando desde una nube “luminosa” se escuchó la voz del Padre: “Este es mi hijo muy querido en quien tengo puesta mi predilección.” Al oír este mandato Pedro arriesgó lo que los otros dos también sentían. Estaban allí mismo, en el monte, Moisés y Elías, es decir, estaba la Palabra de Dios misma: Moisés, que recibió la alianza en el Sinaí, y Elías que predicó la fidelidad a esa alianza por encima de cualquier idolatría. Era para quedarse allí toda la vida. Esto ocurrió en el monte, en el que los discípulos hubieran quedado para siempre. No entendían todavía el verdadero significado de esa “visión”. Ante la voz del Padre sintieron, ante todo, temor y admiración. Por eso, “cayeron” por el asombro, por la experiencia maravillosa e inaudita que estaban experimentando.
Con corazón salesiano
En la vida de Don Bosco tuvieron un lugar muy especial los sueños, otra forma de maravilla, esa experiencia visual y auditiva a través de la cual se revelaba algo “especial” para sus muchachos. De hecho, el Santo Piamontés tenía una narrativa que los chicos seguían siempre con mucho interés. Y el argumento de esa narrativa, se lo daban precisamente esos sueños. En esa narrativa, a veces un tanto macabra, siempre terminaba destacándose el bien de los oyentes. Para Don Bosco era mejor subrayar la belleza de la virtud que la fealdad del mal.
A la Palabra, le digo
Señor Jesús, nosotros también necesitamos estar contigo. Desde la llanura en la que estamos, acechados muchas veces por las fuerzas del mal, necesitamos reparar nuestras fuerzas volviendo nuestros ojos a la montaña a la que subiste con tus apóstoles. Sabiendo que no podemos luchar solos, afianzando nuestra fe en tu victoria sobre la muerte, en tu misericordia sobre el pecado, en tu Gracia que siempre va más allá de lo que nuestros ojos pueden avizorar. 'Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos'. Amén.
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