Evangelio del Dia

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Jueves 26 de Febrero de 2026

Mt. 7, 7-12

«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente?

Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el cielo dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.»

La Palabra me dice


El Padre del cielo quiere lo mejor para sus hijos. Por eso, hay que pedir con fe, hay que buscar, hay que llamar sabiendo que el Padre nos dará siempre lo mejor. Esto no coincide muchas veces con lo que nosotros queremos, en el misterio de su voluntad encontramos nuestra paz. Un cristiano apoltronado en sus rocosas creencias está cuestionado por este evangelio que anima a pedir, a buscar, a llamar, a no quedarse quietos. Muchas veces, de los que nos parecen equivocados hay un aporte que no podemos desechar. El Evangelio no es una “doctrina” rígida que nos inmoviliza. Por el contrario, es un camino por donde se nos invita avanzar. En toda ideología o “herejía” hay semillas del Verbo, también en este pobre comentario escrito por un pecador o, si se quiere, como el Papa Francisco gustaba presentarse: un “pecador perdonado”.


Con corazón salesiano


Don Bosco nunca dejó de lado la oración e incluso recomendaba fervientemente las visitas a Jesús Sacramentado. Incluso tenía una fórmula que se mantuvo siempre en la tradición salesiana: “Quieren muchas gracias, visiten mucho a Jesús Sacramentado. ¿Quieren pocas gracias? ¡Visítenlo poco!”. Ceferino Namuncurá es un testimonio vivo de oración contemplativa, porque, especialmente cuando estaba en Italia, pasaba largas horas ante Jesús. Y en Almagro, es muy conocida la anécdota según la cual miraba mucho por la ventana desde donde se veía la lámpara votiva que anuncia la presencia de Jesús. 


A la Palabra, le digo


Señor Jesús, te damos gracias por haberte querido quedar entre nosotros, aumenta nuestra fe para que podamos acudir a tu presencia y, de este modo, llenarnos de tu Gracia salvadora y pedirla también para los demás. Amén.