Evangelio del Dia

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Jueves 19 de Febrero de 2026

Lc. 9, 22-25

«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».

Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?»

La Palabra me dice


Jesús hace su anuncio de su muerte repleta de sufrimiento y soledad. Pero su muerte no es la última palabra, es el paso a la verdadera vida, a la Resurrección, es el camino hacia la gloria. El no es el Mesías que responde a las expectativas humanas. Su vida concluirá en un aparente y estrepitoso fracaso. En efecto, Jesús lo da todo porque nos ama. 

Él “se pierde” para salvarnos. No se guarda nada para sí. Es el “hijo del hombre”, el nuevo Adán, obediente a la Voluntad del Padre. Y si alguien quiere seguir a Jesús, deberá negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada día, ´para poder seguirlo. Este tipo de discipulado nos estremece. Amar significa salir del propio yo, para buscar el bien del otro. Es lo que hizo Jesús y lo que tiene que hacer el discípulo.

Cargar la cruz es hacernos cargo de nuestro mal, de nuestro egoísmo. El hombre siente miedo ante la muerte. Hace todo lo posible para evitarla. Pero finalmente, tiene que rendirse ante el misterio. Jesús nos previene y nos da la fortaleza para poder seguirlo y afrontar la muerte. Precisamente la “ cruz de cada día” nos va preparando para el momento culminante de nuestra entrega y donación, con la fe de que estamos yendo hacia la vida plena.


Con corazón salesiano


Para el salesiano su penitencia es el “coecera tolle”, su amor a las almas de los jóvenes “hasta el fin”. Esto aparece muy claro, es decir, “la cruz de cada día”. Es el martirio cotidiano, una manera de vivir, de pensar y de actuar que nos lleva a asumir cada día lo que nos toque. Eso no quita que no tengamos también el “martirio físico”, como lo prueba los mártires en España, Versiglia y Caravario y en otros lugares del mundo.


A la Palabra, le digo


Señor, te alabamos y te bendecimos por todos tus dones y te pedimos que lleves la cruz de cada día, con fidelidad y alegría, como lo hizo Don Bosco y todos los salesianos que vinieron os ayudes después.