La Palabra me dice
Pan en el desierto, nuevo éxodo, nuevo maná, nuevo pueblo, pascua nueva después de “tres días” (v.11)… Como discípulo, miro al Maestro y lo secundo; aprendo de él y me involucro en su misión, que pasa a ser mía. “Van a desfallecer en el camino”. Es pan para el que camina y quiere seguir caminando. El Reino, con su banquete mesiánico anunciado para todos, con su mesa abierta a la multitud que viene de lejos, ha llegado. Manos a la obra, con esa certeza como dato básico. Los gestos de eulogia y eucaristía ante los peces y panes con que afrontar el hambre de la multitud, muestran la conexión entre hambre y Hambre, y entre pan y Pan; o mejor, muestran que, en el Reino, todo pan es Pan. La Eucaristía es signo de la presencia de un Dios -conmovido por el hambre que es fruto del NoReino- que quiere que todos se sacien y vivan; no es un banquete espiritual descomprometido del hambre real. Nuestras Misas son signos fuertes cuando los celebra una comunidad que comparte lo esencial con la meta de que nadie pase hambre. Si no, quedan desconectados dos mundos –y con la presunción de que “seguro que Dios está en el mundo espiritual”-, se sostiene una liturgia desenchufada de la caridad. Pienso, pues, en cómo repensar y resignificar nuestras Misas, no desde lo estético y tecnológico, no empezando por lo musical ni la guía, ni “añadiendo gestos”, sino desde su matriz de culmen y fuente de nuestra comunión: ¿Qué mayor comunión real debemos emprender, para revitalizar desde su raíz nuestra celebración de la Eucaristía?
Con corazón salesiano
Don Bosco enseña a ganarse el pan… experimenta la Providencia que hace que el pan para muchos pibes no le falte… hace de las Misas la expresión mayor de celebración del Reino entre los jóvenes, insistiendo en que tomen parte con frecuencia (vs el jansenismo).
A la Palabra, le digo
Convertime para ser más sensible y solidario con la situación real de hambre de tantos hermanos. No dejes que me acostumbre a la seguridad de comer todos los días. Ayudame a descubrir y hacer descubrir el valor sagrado, valor en el Reino, de un merendero, de un comedor escolar, del trabajo que lleva el pan a un hogar... Y el valor de cada Eucaristía como signo eficaz de tu ternura extrema que nos involucra en una comunión hasta el extremo. Gracias por darme un lugar entre los tuyos; reelijo hoy ser tu discípulo y prolongar tus gestos, para vida de tu pueblo. Perdoná cuando olvido que ésa es mi identidad, y me mareo por roles, cargos y títulos.
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