La Palabra me dice
"Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo": Los discípulos, al volver, se toman un tiempo para contarle al Maestro lo que han vivido. Jesús los reúne en torno a Él para que cada uno pueda contar, narrar y testimoniar la presencia providente del Padre en sus propias experiencias. Y esto se vuelve un hábito entre las comunidades primitivas. Es lo que vemos hacer a Pablo y Bernabé al final de su primera misión: "A su llegada reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar cuanto Dios había hecho juntamente con ellos" (Hch 14,27) La fe tiene necesidad de ser compartida en un clima de acogida y confianza recíproca. Qué bueno es regresar a casa y poder compartir mutuamente lo que "hemos visto y tocado", poder experimentar vitalmente la compañía del don que Jesús nos ha regalado en la comunidad, aprender en el día a día el arte de ser compañeros de camino. Pero esta Palabra también me inquieta, me cuestiona. Porque pareciera que este criterio fundante de la compañía en el caminar y el ser comunidad, se han como debilitado. Si no se comparten la fe y los dones de Dios ¿qué sentido puede tener el estar juntos y acaso poner en común los bienes materiales? ¿Qué fundamento y capacidad de cohesión puede tener una comunidad en la que los bienes del Espíritu no son objeto de don recíproco y vínculo de unión? Una comunidad en la que no se comparte es una comunidad en la que sus integrantes no crecen juntos y la fraternidad no es entonces más que una ilusión o fantasía. "No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo". Los discípulos manifiestan su más intensa alegría al comprobar los frutos de su misión: el demonio, las serpientes y los escorpiones, es decir, todo el mal existente dentro y fuera del corazón, son vencidos. Entonces ¿qué puede causar más alegría? Pero Jesús les señala dónde se encuentra la auténtica alegría: no en la vanagloria, no en los triunfos de la misión, sino en el hecho de que el nombre del misionero esta escrito en el corazón de Dios. ¿Acaso no experimentamos un intenso gozo cuando, aún en los pequeños gestos y actitudes cotidianas, amamos con el mismo amor con que el Padre nos ama? El fin de la misión es testimoniar el amor del Padre. Cuando amamos con el mismo amor de Dios nos transformamos en sus hijas/os igual al Hijo. Cuando amamos como somos amadas/os vivimos nuestra filiación, nuestra esencia. Entonces nuestro nombre, nuestra identidad es la misma de Dios, nuestros nombres están en el cielo, en Dios. Rozar esta realidad y misterio a la vez me hacen sentir pequeña y grande, me conmueven, me llena de agradecimiento, me compromete a caminar en santidad...
Con corazón salesiano
"Mi deseo es que sean felices aquí y en la eternidad...". "¿Estás alegre?". Es una de las célebres "palabritas al oído" y una de las preguntas más repetidas en las cartas de Don Bosco. De hecho, gastó su vida por los jóvenes para que los nombres de los chicos estén escritos en el cielo. Como Jesús, Don Bosco gozaba al leer las cartas de sus hermanos misioneros contándole sus an¬danzas en nuestras tierras patagónicas.
A la Palabra, le digo
Me conmueve, me estremece de alegría, Abbá, el poder palpar esta realidad y misterio de saberme en vos, de que mi nombre esté en el cielo. Ya antes de mi concepción me contemplabas en tu Hijo y me amabas, veías en mí sus rasgos, amabas a cada una de mis hermanas/os, a cada uno de los jóvenes. Te pido Padre que esta filiación que nos hace hermanas/os en tu Hijo nos lleve a compartir en nuestras comunidades la alegría de lo que "hemos visto y tocado" y que podamos ser anuncio de la llegada de tu Reino para todos, especialmente para los más "pequeños".
|