La Palabra me dice
Medito estas palabras de Jesús y resuena en mí lo que escribe San Agustín en sus Sermones 69,2: “No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprende de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios”.
Con corazón salesiano
Don Bosco tuvo que trabajar mucho la virtud de la humildad. Más de una vez señala en sus escritos que la humildad no era su fuerte. Sus dotes humanas le posibilitaban resaltar notablemente entre sus pares. Pero con la gracia de Dios y su esfuerzo ascético se hizo pequeño con los pequeños. Le permitió a Dios modelar su corazón a imagen de su Corazón.
A la Palabra, le digo
Jesús, tu misericordia me alcanzó y mi vida cambió. Tu Corazón manso y humilde me abrazó y puso en mí una canción. Vos me vivificás en mis caídas. Gracias tu paciencia y tu mirada de confianza. Gracias porque no esperás de mí cosas monumentales, sino la decisión de ser pequeño en tu presencia. ¡Te alabo, Jesús!
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