La Palabra me dice
Los judíos piadosos –fariseos y escribas, entre otros– y los discípulos del Bautista ayunaban dos veces por semana (el segundo y quinto día de la semana). Junto a esta práctica estaba la limosna caritativa y la oración (Mt 6, 1ss.). El ayuno tiene un profundo sentido religioso: hace recordar el hambre que el creyente tiene de Dios. El ayuno despierta la necesidad de alimentarse de Dios. La persona satisfecha no tiene hambre y menos hambre de Dios. Estos seguidores del Bautista y los fariseos practicantes de esta sana enseñanza están algo escandalizados al ver que Jesús y su grupo no realizan esta práctica. Jesús al principio de su ministerio practicó el ayuno durante cuarenta días y probablemente lo haya practicado durante su ministerio obligado por su itinerancia. Jesús no se opone a esta práctica, sabe que sus discípulos necesitan hacer ayuno para experimentar el hambre de Dios. Lo nuevo que Jesús propone es que el ayuno no va a quedar fijado a dos días concretos de la semana, sino que lo van a practicar todos los días a partir del momento en que el “Novio” se ausente. Hoy estamos en ese tiempo. El “Novio” no está y por eso en cualquier circunstancia y día los discípulos hacen ayuno. Un ejemplo de esto podría ser una ayuda solidaria en un momento inesperado, esta circunstancia obliga un ayuno, no solo de alimento sino también de otras cosas necesarias para la vida. Otro ejemplo podría ser que el ayuno prepara y fortalece el espíritu para el ejercicio de la templanza, y por último el ayuno abre la conciencia a la realidad de muchos hermanos que ayunan porque no tienen pan y ni amor. Así como no se puede poner vino nuevo en odres viejos, del mismo modo esta enseñanza nueva de Jesús requiere un corazón nuevo, y para adquirir un corazón nuevo se requiere estar en el tiempo del “Novio”.
Con corazón salesiano
La acción educativa de Don Bosco, potente, innovadora, se desenvuelve en el fuerte clima del que fue llamado “el siglo de la pedagogía”. A sabiendas, en mayor o menor grado, asimila algunos grandes principios inspiradores, advierte ciertas exigencias fundamentales, sigue explícitamente determinados rumbos... y a partir de este llamado de Dios a trabajar por el bien de los jóvenes más desfavorecidos, es que renueva las obras educativas (oratorios, hogares, escuelas, talleres para aprender oficios), que ya existían, pero que son transformadas en “odres nuevos” para recibir el vino nuevo.
A la Palabra, le digo
Señor, ayúdame a mirar en profundidad que la exigencia de Dios es ser leales a su proyecto histórico de servicio, generosidad y amor. No es en los ritos, en los diezmos o en la flagelación individual donde Dios se complace con sus hijos, sino en la auténtica manera de vivir, de amar y de servir. Dios Todobonbadoso, despertá en mi la solidaridad y el sacrificio a favor de los hermanos más necesitados. Amén.
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