Con corazón salesiano
El 31 de enero de 1888 muere Don Bosco. Para quienes vivieron el acontecimiento resultó ser un momento transformante de la vida. Los adolescentes de aquel Valdocco fueron presa del dolor y el desgarro que vivían los salesianos, primeros hijos y principales testigos de la santidad del Padre. Entre esos pequeños, estaba el Beato Luis Variara. Había llegado pocos meses atrás desde su natal Viarigi (Asti), al Oratorio de Valdocco (Turín). Esa noche, supo por testigos oculares, cercanos a la habitación donde Don Bosco moría, que el santo había dicho “Díganles a mis queridos jóvenes que los espero a todos en el paraíso”. La muerte de Don Bosco, el amor testimoniado por sus compañeros y salesianos de entonces, y el propio cariño que él tenía por el Padre, calaron profundo en él, empujándolo sin descanso a cultivar todas las virtudes y actitudes posibles que lo encaminasen a la vida salesiana, de la que se había profundamente enamorado. Así sucedió. El 17 de agosto de 1891 ingresó al noviciado en Foglizzo, a unos 25 km de Turín. Su trabajo de crecimiento en la santidad, ahora en el noviciado, se reforzaría. Son muchos los testigos que afirman esta constancia en Luis, de hacer el bien a todos y el perfecto cumplimiento del deber. Tiempo después realizaría su profesión perpetua. En medio de esta gran alegría de ser Salesiano recibe por parte del primer sucesor de Don Boso, el Beato Miguel Rúa, unas palabras que harán eco en toda su vida y serán una insignia presente para el resto de sus años: “Variara, no variar. No variar nunca”. El mensaje era claro. Tal había sido su crecimiento que el beato lo invitaba a seguir así, mirando al Señor solo, con la fe y la confianza puestas solo en Él. Esto fue de capital importancia para el ahora joven misionero, que emprende un viaje sin retorno hacia Colombia. Allí, las alegrías pastorales se verán ensombrecidas por dolorosas pruebas que pesaron en sus jóvenes años. Pero no variar lo ayudó a realizar lo que había soñado para su vida: ser santo. Y así ocurrió. |