La Palabra me dice
Jesús está en marcha hacia Jerusalén. Está en camino hacia su entrega final, hasta su Pascua. Atraviesa tierras paganas, como Samaría. Y entrando en una población, allí donde ésta se encuentra con el campo, escucha los gritos de diez leprosos, es decir, de todos los que llevamos la lepra del pecado. Ese grito es una súplica que pide compasión. Es el clamor de todos los seres humanos que quieren vivir limpios y en paz. Jesús sigue el rito prescrito por la ley: presentarse a los sacerdotes para que, con su visto bueno, puedan reintegrarse a la comunidad. Pero este “maestro” no es como los rabinos. El va más allá del rito. El mismo es la fuente de la salud, de donde brota el agua que purifica. Por eso, ya en el camino, antes del rito quedan purificados. Sin embargo, luego se presenta solamente uno de ellos, un samaritano herético, en el que se ha operado no solo la sanación física, sino la fe, la alabanza y la gratitud. Postrándose en el suelo él muestra que reconoce en Jesús al Mesías. Si antes había gritado, ahora alaba a Dios en voz alta y suscita la admiración de Jesús. Todos habían sido sanados, pero solo este samaritano cree, ora y agradece. Y Jesús reconoce en él a Teófilo, es decir, al discípulo que, sintiéndose amado, responde precisamente con la fe que salva. Se da a entender que los otros nueve fueron judíos y, sin embargo, ni volvieron ni reconocieron ni agradecieron. Lucas abre las puertas de la salvación a todos, especialmente a los gentiles, que eran rechazados y despreciados por los judíos. |