La Palabra me dice
Jesús utiliza dos ejemplos cotidianos para explicar a sus discípulos cómo tiene que ser el anuncio del Reino que están llamados a testimoniar. El primero: la sal. Ese elemento presente en la mesa de todas las familias, en la cocina de cada casa, que utilizamos para dar sabor a los alimentos que consumimos. Cuando se la esparce en las comidas parece que desaparece, pero en realidad su presencia impregna todo lo que toca. Ser “sal” significa entonces saber impregnar de Reino todos los lugares, todas las relaciones, todos los tiempos vividos. Impregnar sin que se vea, pero que se sienta a través de las propias actitudes, opciones y decisiones asumidas. El segundo ejemplo es el de la luz. A diferencia de la sal, la luz se ve y tiene que verse. Cuando la oscuridad total reina, la luz otorga certeza y aleja el miedo y la duda de lo desconocido. La luz nos permite seguir trabajando en medio de la noche. La luz ilumina lo que no tiene luz propia para que pueda ser visto. Del mismo modo, los seguidores de Jesús son invitados a llevar la luz del Reino a las oscuridades de los hombres, a ser luz de esperanza en medio de las oscuridades del mundo y seguir haciendo presente y activa la Buena Noticia que Jesús nos trajo, en especial a aquéllos hermanos y hermanas sumidos en la oscuridad, faltos de horizonte. |