La Palabra me dice
Nuestras actitudes, a veces, pueden contraponerse a las actitudes de Jesús. Ante todo, no nos sentimos pecadores o, al menos, tan pecadores como otros. Por eso, no nos juntamos con ellos, los evitamos conscientemente y, a veces, los rechazamos.
La escena que hoy se nos presenta en el Evangelio transcurre en la casa del fariseo Simón. Jesús había sido invitado a comer allí. Era un momento de intimidad, del cual participaban solamente los varones. De pronto, hace su irrupción una mujer que no había sido invitada y que, además, goza de muy mala fama entre la gente. Y cumple un gesto de mucha audacia, ciertamente extraño a la sociedad judía. Unge los pies de Jesús con mirra, un perfume costoso y los seca con sus cabellos. El fariseo se pregunta para sus adentros cómo es posible que Jesús acepte, sin más, este gesto de una mujer pecadora e impura. Hay que considerar que el pecado por excelencia de las mujeres era el adulterio o la prostitución.
En realidad, la mujer es figura del pueblo de Israel, tantas veces adúltero y enamorado de los ídolos, dejando de lado a Yahveh, el verdadero esposo.
El fariseo piensa mal de Jesús: nunca un verdadero profeta hubiera permitido que una mujer de esa clase se acercara a él. El fariseo se considera justo, porque cumple la ley y su casa es la casa de la ley. No se da cuenta que, ante Dios somos siempre deudores insolventes que nunca podrán pagar la deuda que tenemos con Él. Jesús trata de mostrarle cómo esa mujer, con su gesto de cariño ha ido más allá de la ley. Ha entendido la nueva ley que Él ha venido a anunciar, la del amor.
Este es un amor que no rechaza a nadie, por más pecador que pueda ser el hombre, varón o mujer. El amor de Dios es universal, inclusivo, abarca a todos. No hace distinción de personas. Al contrario, se complace en el perdón, por el cual abre un camino nuevo a los pecadores.
Simón, que se siente justo, cree que puede “comprar” o adquirir la salvación con sus obras. Desde esta perspectiva, él mismo parece ejercer alguna forma de prostitución. Intenta comprar, lo que solamente se consigue a través del amor.
La pecadora, en cambio, con su tierno gesto de cariño demuestra aquel amor que parece no estar en el corazón de Simón, que juzga y condena.
¿No nos pasa eso frecuentemente a los cristianos? Juzgamos a los demás y, a veces, hasta podemos considerarlos indignos de participar del banquete eucarístico. Jesús, que mira mucho más allá, conoce cuándo hay verdadero amor en el corazón, es decir, cuándo se vive el sello distintivo de la nueva alianza: “En esto reconocerán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”. |