La Palabra me dice
La figura más nítida de la espera es María de Nazaret. Ella misma es “adviento”. En sus labios el Evangelio pone este espléndido canto que trae los ecos de la historia de un pueblo y la grandeza de un Dios cuya predilección son los pobres de la tierra. Ellos conocerán la Vida. Un canto que enaltece la espera en la fe de sucesivas generaciones que se fiaron sólo en las promesas hechas por Dios a sus padres. De labios de una joven nazarena, estalla con convicción un canto de liberación que desarma el orden social establecido. Los olvidados, los humildes y los hambrientos, se vuelven protagonistas de una historia nueva en la que Dios desecha a los soberbios, a los poderosos y satisfechos de este mundo. Un rumor de siglos y generaciones se escucha en este canto: la voz y el asombro de una comunidad liberada, la alegría y la esperanza de los pobres.
La liberación de la que habla el Magníficat no es una promesa para el final de los tiempos, es para hoy. El Dios al que María canta es el Dios del corazón sensible a la miseria humana, que pone en marcha un proceso histórico inapelable. Invierte el viejo orden de las cosas y libera al hombre de todas las esclavitudes de los sistemas sociales, políticos y económicos estructuralmente injustos. En el nuevo orden del Reino de Dios el criterio no será ya nunca más el poder, el “tener” y el dominio, sino la fraternidad y la solidaridad en el vivir y compartir. La insensatez de los poderosos acabará.
El canto de María pone a Dios entre los humildes y Jesús será el rostro vivo de este Dios. Para alcanzar su gozo y conocer su alegría, tenemos que contarnos entre estos últimos. |