La Palabra me dice
Jesús siente la urgencia de la llegada del Reino a todos los hombres. Sabe que es lo mejor que les puede suceder y desea ardientemente que esto suceda. Pero necesita testigos para llegar con esta novedad hasta los extremos, donde haya hombres y mujeres de oídos abiertos a la voz de su espíritu. De su compasión nace la decisión de dar a los apóstoles autoridad para curar, aliviar el sufrimiento y hacer el bien a las muchedumbres sin amparo. Ni los líderes religiosos, ni los referentes de Roma se ocupaban de ellos. El evangelio, la misión y el Reino acontecían en la comunidad fraterna de los discípulos, pero desde allí debían ensancharse hacia las fronteras más extremas del corazón humano. Jesús moviliza entonces a los suyos, ya es hora de ponerse en camino. Sin más seguridad que este convencimiento, ligeros de equipaje, juntos, ofreciendo gratis la buena noticia del Reino de Dios cercano a toda la humanidad. Debían predicar lo que Él predicaba y esta Buena Noticia llegaría a todos de la mano de la salud, de la vida y la liberación esperada. Llegaba la hora del cumplimiento de las promesas y su paso por las ciudades sería esta irrupción de gracia y de vida para la existencia humana.
Así los envía Jesús. No a juzgar el mundo, sino a sanar la vida. El Dios de Jesús está empeñado en devolvernos a la felicidad, en liberarnos de todo lo que nos quita la vida y nos hace sufrir. Es el Dios que rescata de lo que bloquea y destruye nuestras esperanzas. Un Dios decidido a resucitarnos.
Mirar al mundo con ternura y compasión también hoy es el envío. Predicar la Vida y quitar el sufrimiento de los hermanos es la autoridad que recibimos. Dar gratis, lo que así hemos recibido. |