Con corazón salesiano
Vienen a mi corazón los instantes de la despedida de las primeras Hijas de María Auxiliadora misioneras a América. La Madre Mazzarello las envía con una profunda felicidad por hacer realidad el sueño misionero de Don Bosco a la Patagonia y extender el Reino en tierras tan lejanas. Pero también, la Madre, al ver partir a las hijas le duele el corazón, pero confían en que el Espíritu del Señor las acompaña, y que el Amor las sostendrá en la misión. Narra la Cronohistoria II: “De las seis misioneras que parten, sólo dos irán como representantes a Roma, para recibir la bendición del Santo Padre: así lo imponen las condiciones económicas. (…) Al final [de la celebración de envío], la Madre se levanta y se dirige a la puerta de salida: las Hermanas la siguen, dando libre curso a las lágrimas contenidas hasta entonces. (…) [Ya en el puerto] Afuera, llueve aún y sopla el viento; no obstante, a las nueve y media, las Hermanas y los Salesianos se encuentran ya en el barco. La Madre visita camarote por camarote, litera por litera, para asegurarse que nada falta de cuanto pueda atenuar a las Hermanas las incomodidades del viaje. Después, como si el corazón sintiera la necesidad de darse sin medida a sus hijas, a quienes piensa que no volverá a ver más, se entretiene con cada una en particular, les habla a todas juntas y se ingenia para llevarlas ella misma a donde está Don Bosco, para que vuelva a decirles algunas de sus palabras tan inspiradas y eficaces. Don Bosco sonríe, les habla, les anima, (…). También la Madre les dice su último adiós: las Hermanas responden con un ahogado grito: «¡Madre, Madre!». Está ya en el último peldaño de la escalerilla, poniendo el pie en la barca a donde han subido ya las dos que la acompañan y la esperan. Desde el puente, el grupo conmovido sigue saludando: Don Bosco les dirige una última y prolongada mirada. La Madre a duras penas puede contener las lágrimas. Don Cagliero querría contar algo gracioso para levantar los ánimos, pero no puede”. |