La Palabra me dice Otra vez Alessandro Pronzato: “El cordero no debe tener zarpas… El cordero sugiere obediencia, docilidad. Y subyace la idea de un amor indefenso que llega hasta la inmolación suprema, el sacrificio de sí mismo. Es significativo que, en arameo, se emplee el mismo término para indicar siervo y cordero. Por tanto, las dos imágenes, que aparecen en las lecturas de hoy (en Isaías y en Juan) acaban superponiéndose la una a la otra. Jesús, el cordero de Dios, tiene la misión de quitar, de hacer que desaparezca “el pecado del mundo”.
Es extraño. Precisamente el cordero, un animal que no puede considerarse “de carga”, que no evoca fuerza ni robustez, permite que carguen sobre sus espaldas el peso más aplastante. El animal más débil y manso carga y se lleva el cúmulo terrible del mal que hay en el mundo. Hoy se tiene la impresión de que no hay que fiarse mucho del cordero, al menos según la interpretación “extrema” que dio el mismo Jesucristo. No se le ha eliminado del todo, se le sigue exaltando, pero se ha intentado, quizás con poco acierto… robustecerlo, inyectándole en las venas fuertes dosis de agresividad, hasta cambiar su naturaleza (hay operaciones de ingeniería genética que se realizan clandestinamente, pero con todas las bendiciones oportunas, en los laboratorios sagrados). Y entonces tenemos un cordero jactancioso, dominador, que enseña a veces las zarpas, que emite una voz parecida a un rugido, que eriza el pelo y muestra los dientes ante cualquier ataque, que llega a asumir actitudes provocadoras, altivas, desafiantes, que da fuertes coces, que mira de una forma amenazante, que reivindica con orgullo sus propios derechos de pasto.
En una palabra, ya no se resignan muchos a hacer de víctima sacrificial. Incluso porque consideran superada esa actitud, o por lo menos ineficaz. Se descarta la bondad, la inocencia, la mansedumbre. Se intenta fabricar un cordero equipado para la defensa, para la lucha, para el dominio, lejos de quitar el mal del mundo, acaba aumentándolo todavía más. Quizás sea éste el momento en que los cristianos tienen que encontrar el coraje para volver a adoptar un estilo de mansedumbre, de comprensión, de dulzura, de entrega silenciosa, de modestia, de solidaridad real con los débiles.
El cordero “agresivo” se sacude de encima el pecado el mundo, no lo elimina. El cordero de Dios, por el contrario, no vacila en “llevarlo”, hasta aceptar su propia destrucción”. |
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