Evangelio del Dia

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Domingo 19 de Enero de 2020

La Palabra dice


Jn. 1, 29-34 – “Éste es el Cordero de Dios”.
Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. 
Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.

 

La Palabra me dice


Otra vez Alessandro Pronzato:
El cordero no debe tener zarpas…
El cordero sugiere obediencia, docilidad. Y subyace la idea de un amor indefenso que llega hasta la inmolación suprema, el sacrificio de sí mismo.
Es significativo que, en arameo, se emplee el mismo término para indicar siervo y cordero. Por tanto, las dos imágenes, que aparecen en las lecturas de hoy (en Isaías y en Juan) acaban superponiéndose la una a la otra.
Jesús, el cordero de Dios, tiene la misión de quitar, de hacer que desaparezca “el pecado del mundo”.

Es extraño. Precisamente el cordero, un animal que no puede considerarse “de carga”, que no evoca fuerza ni robustez, permite que carguen sobre sus espaldas el peso más aplastante. El animal más débil y manso carga y se lleva el cúmulo terrible del mal que hay en el mundo.
Hoy se tiene la impresión de que no hay que fiarse mucho del cordero, al menos según la interpretación “extrema” que dio el mismo Jesucristo.
No se le ha eliminado del todo, se le sigue exaltando, pero se ha intentado, quizás con poco acierto… robustecerlo, inyectándole en las venas fuertes dosis de agresividad, hasta cambiar su naturaleza (hay operaciones de ingeniería genética que se realizan clandestinamente, pero con todas las bendiciones oportunas, en los laboratorios sagrados).
Y entonces tenemos un cordero jactancioso, dominador, que enseña a veces las zarpas, que emite una voz parecida a un rugido, que eriza el pelo y muestra los dientes ante cualquier ataque, que llega a asumir actitudes provocadoras, altivas, desafiantes, que da fuertes coces, que mira de una forma amenazante, que reivindica con orgullo sus propios derechos de pasto.

En una palabra, ya no se resignan muchos a hacer de víctima sacrificial. Incluso porque consideran superada esa actitud, o por lo menos ineficaz. Se descarta la bondad, la inocencia, la mansedumbre. Se intenta fabricar un cordero equipado para la defensa, para la lucha, para el dominio, lejos de quitar el mal del mundo, acaba aumentándolo todavía más. Quizás sea éste el momento en que los cristianos tienen que encontrar el coraje para volver a adoptar un estilo de mansedumbre, de comprensión, de dulzura, de entrega silenciosa, de modestia, de solidaridad real con los débiles.

El cordero “agresivo” se sacude de encima el pecado el mundo, no lo elimina. El cordero de Dios, por el contrario, no vacila en “llevarlo”, hasta aceptar su propia destrucción”.

Con corazón salesiano


Miguel Rúa y los salesianos que compartieron su vida con Don Bosco quedaron tan fascinados con él que no dudaban en ponerlo como centro de referencia de su accionar.

Pero no era un simple recuerdo nostalgioso, sino un acicate que los animaba a ir hacia adelante, a veces hasta la temeridad, por el bien de los jóvenes.

Además de hablar de lo que habían vivido con Don Bosco, su principal preocupación era la de obrar por el bien de los jóvenes como lo habría hecho él, poniendo en acción sus criterios y convicciones, más que quedarse en añoranzas sentimentaloides.

A la Palabra, le digo


Jesús, el Cordero, manso y tranquilo amigo de nuestro camino, ayudame a crecer en bondad, inocencia y mansedumbre, para estar con aquellas personas más débiles de la sociedad y brindarles esa presencia silenciosa de acompañamiento real y solidario.