Evangelio del Dia

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Jueves 12 de Septiembre de 2019

La Palabra dice


Lc. 6, 27-36
Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.
Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.
No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes".

 

La Palabra me dice


Jesús intenta superar el mal por medio del bien. De este modo no alimentamos sentimientos y actitudes que nos dañen y a la vez apostamos por el otro para que tome conciencia de su error y cambie. El modelo es el Padre que en su misericordia desea que todos estemos con él. La recompensa aparte de no provocarnos úlceras estomacales por andar nerviosos y buscando la ocasión de la venganza es ser hijos del Altísimo. Pienso que en el corazón de Jesús está presente este deseo de que todos actuemos así. Parece una utopía. Se hace realidad en el cristiano que escucha el mensaje y lo practica. Los hay. Puedo sumarme. Es consecuencia de haber aceptado el mensaje anterior de las bienaventuranzas. Superar nuestros egoísmos, deseos de hacer justicia por mano propia aun juzgando con severidad y condenando al hermano, Lucas lleva a su comunidad al extremo de la misericordia y del respeto por el otro. Los lleva a no negar la túnica (khitôn) que por ley no debía quitarse a nadie sobre todo al pobre (Ex 22,25-26). Volvamos al texto y podemos detenernos un ratito repitiendo la última frase para que vaya entrando en nosotros, nos vaya cuestionando sanamente, nos vaya dando alguna idea para vivir en el día. ¿Con qué medida voy midiendo a los demás y a mí mismo? Más de una vez no suele ser la misma.

Con corazón salesiano


La buena mujer (Mamá Margarita), ayudada por el huerfanito, salió fuera, recogió algunos trozos de ladrillos e hizo con ellos en la cocina cuatro pequeñas pilastras, sobre las que colocó algunos tableros y encima un jergón; de este modo preparó la primera cama del Oratorio. Mi buena madre le dirigió después un sermoncito sobre la necesidad del trabajo, de la rectitud y de la religión. Al final, le invitó a rezar las oraciones. (Memorias del Oratorio. San J. Bosco)

A la Palabra, le digo


Mi Dios, tú me conoces entiendes desde lejos mi pensar
adviertes mi andar y mi reposo conoces todos mis caminos.
Y pues aún no está la palabra en mi voz y tú la sabes.
Delante y detrás, tú me rodeaste. Pusiste sobre mi tu amor.
Grande eres, y no lo puedo comprender
 
Adonde me iré de tu espíritu.
Adonde huiré de tu presencia. Porque si fuera a los cielos, te hallaré.
Y si tomara las alas del alba te encontraré, Aunque habitara, en el extremo del mar
Tu mano me guiará.
(Salmo 139)