Evangelio del Dia

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Martes 10 de Septiembre de 2019

La Palabra dice


Lc. 6, 12-19
En esos días, Jesús se retiro a una montaña para orar y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que les dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
 

La Palabra me dice


San Lucas nos va describiendo a un Jesús sumamente activo. Comienza su trajinar de predicador y sanador en sus pagos de Galilea donde es bien conocido. En muy poco tiempo atrae fuertemente la atención de sus paisanos. El hijo de José los sorprende en la sinagoga, un sábado, con sus palabras de comienzo de su misión, luego confirmada por los milagros. Una palabra cargada de la autoridad del Hijo de Dios. Algunos van entendiendo pero otros hasta quieren eliminarlo (4,29). Algo nuevo se avecina y no están seguros de aceptarlo.
Aunque poco antes había llamado a Mateo, lo arrancó de la mesa del dinero para llevarlo a otras mesas, ahora y después de rezar toda una noche, llama a doce de entre todo el grupo que lo sigue. Doce en representación de todos y para todos, como las tribus de Israel. Y en el grupo hay incluido de todo, como en la vida, como en la vida de la Iglesia siempre. Allí va un terrorista (Simón), un traidor (Judas Iscariote), un incrédulo (Tomás), Algunos andaban armados con espadas y las usaban (Señor, ¿usamos la espada? Y uno le corta la oreja a un sirviente 22,49). Digamos que Jesús no hace un casting para quedarse con los mejores, los más buenitos, los más fáciles de convencer. Parte de lo que son y les propone un camino. Con alguno fracasó y con otros demoró. ¿Qué pasa conmigo? ¿Siento algún llamado? ¿Qué tipo de apóstol soy?...  

Con corazón salesiano


El día 30 de octubre de aquel año, 1835, debía encontrarme en el seminario. El escaso equipo de ropa estaba preparado. Todos mis parientes se mostraban contentos y yo más que ellos. Sólo mi madre permanecía pensativa, sin quitarme la vista de encima, como si me quisiera confesar alguna cosa. La víspera de la partida, por la tarde, me llamó para decirme estas memorables palabras: «Querido Juan, has vestido el hábito sacerdotal; yo experimento con este hecho todo el consuelo que una madre puede sentir ante la suerte de su hijo. Pero recuerda que no es el hábito lo que honra  tu estado, sino la práctica de la virtud. Si un día llegases a dudar de tu vocación, ¡por amor de Dios!, no deshonres ese hábito. Quítatelo enseguida. Prefiero tener un pobre campesino a un hijo sacerdote negligente con sus deberes. Cuando viniste al mundo te consagré a la Santísima Virgen; al iniciar los estudios te recomendé la devoción a esta nuestra Madre; ahora te aconsejo ser todo suyo: ama a los compañeros devotos de María y, si llegas a ser sacerdote, recomienda y propaga siempre la devoción a María». (Memorias del Oratorio pág. 42)

A la Palabra, le digo


Indícame el camino, Señor
para que yo viva según tu verdad;
orienta totalmente mi corazón
al temor de tu nombre. (Salmo 85, 11)